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24 de agosto de 2010

Respuesta a Grobo II

Mempo Giardinelli fue el promotor del debate sobre el modelo agrario basado en la soja con una carta abierta al empresario Gustavo Grobocopatel, uno de los principales productores de soja del país. A partir de esa misiva hubo una serie de intercambios con la participación de otros protagonistas. Aldo Ferrer intervino, con la inmediata réplica de Grobocopatel, a quien le respondió nuevamente el prestigioso economista.

Por Aldo Ferrer
Estimado Gustavo:
Tu respuesta a mi carta anterior plantea cuestiones importantes que merecen ser analizadas. Son las siguientes:
Tipo de cambio y retenciones. Apelando a la experiencia brasileña, sugerís que la mejor política es un tipo de cambio bajo sin retenciones. Nuestra experiencia no ratifica la propuesta ni, tampoco, la brasileña. Aquí tuvimos esa política bajo el régimen de “la tablita” a fines de la década del ’70 y, en el de la del ’90, con el de la convertibilidad. En aquel entonces, la producción del agro no creció y, en la última, aumentó a una tasa anual del 2,0 por ciento. Pero después del 2002, con retenciones, el agro creció el doble. ¿Por qué sucede esto? Por múltiples razones. Entre otras, que un régimen de tipo de cambio bajo sin retenciones provoca fuertes desequilibrios en la macroeconomía, déficit en los pagos internacionales, insolvencia fiscal, aumento de la deuda y, consecuentemente, vulnerabilidad, incumplimiento de los contratos e inseguridad jurídica. Ese fue el epílogo de la tablita y la convertibilidad. El campo sufre, como el resto del sistema, las consecuencias de una mala política macroeconómica. En la actualidad, con una economía sustentada en sus propios medios, con superávit en sus pagos internacionales, solvencia fiscal y reservas en el Banco Central, el agro crece con un tipo de cambio competitivo y retenciones que son compatibles con su rentabilidad y desarrollo.
El mejor espejo donde mirarnos en esta materia no es Brasil sino los “tigres asiáticos”, como Corea, Taiwán y China. Todos ellos han sustentado su transformación productiva en políticas activas de industrialización, educación, impulso a la ciencia y la tecnología e industrias de frontera y tipos de cambio competitivos. Como lo revela la experiencia de los países emergentes exitosos, la paridad adecuada de la moneda nacional no es una condición suficiente del desarrollo pero sí una condición absolutamente necesaria.
En Brasil, la apreciación del tipo de cambio que evita las retenciones, el resultado macroeconómico es mediocre. Desde el 2002 a la fecha, a juzgar por el desempeño de las dos economías, salvo en materia de inflación, la política argentina es mejor que la brasileña. En el período, el PBI argentino aumentó el 60 por ciento y el brasileño, el 30 por ciento. Respecto de la inversión, en Brasil es del orden del 18 por ciento del PBI, y en Argentina está cerca de sus máximos históricos del 24 por ciento. Frente a la crisis mundial, nuestro país respondió con tanta o mayor fortaleza que Brasil. En este escenario, el gobierno del presidente Lula consolidó los ejes del poder nacional de su país y desplegó, sobre la base de una presión tributaria mayor que en la Argentina, importantes y exitosos programas de inclusión social. De todos modos, existe en Brasil una fuerte polémica sobre las bondades de la política de un real sobrevaluado y altas tasas de interés. Pero la comparación de Argentina con Brasil no se agota en el contrapunto de las dos realidades en la actualidad. Ambas se basan en una trayectoria y esto me lleva al segundo comentario sobre tu carta.
Brasil. En el período de predominio de la estrategia neoliberal en la Argentina (desde el golpe de Estado de 1976 hasta la crisis terminal del 2001/02), el PBI total aumentó en 27 por ciento y el per cápita cayó en 10 por ciento. En el mismo período, el PBI del Brasil aumentó 120 por ciento y el per cápita en 30 por ciento. En 1975, el PBI argentino representaba casi el 50 por ciento del brasileño, en 2002 apenas superaba el 25 por ciento.
Entre tanto, el Estado brasileño consolidaba el desarrollo de Petrobras, promovía la conversión de Embraer en la tercera productora de aeronaves del mundo, impulsaba el desarrollo de las empresas “campeonas” nacionales en la infraestructura y en industrias de base y sustentaba el financiamiento en poderosos bancos públicos, en primer lugar, el Banco Nacional de Desarrollo, que en la actualidad aporta el 20 por ciento del total del crédito en la economía, enfocando sus préstamos a los sectores estratégicos. En la Argentina, en el mismo período, además de la tragedia de la violencia y el terrorismo de Estado, sufrimos la guerra y la derrota en Malvinas y una política sistemática, durante la dictadura y en la década del ’90, de desmantelamiento del poder nacional. Se vendieron y extranjerizaron YPF, la fábrica de aviones de Córdoba, las empresas públicas y las mayores privadas nacionales, se disolvió el Banco Nacional de Desarrollo (creado en 1970 durante mi desempeño en el Ministerio de Economía) y se endeudó el país hasta el límite de la insolvencia. Esta serie de calamidades demolió buena parte de la capacidad industrial del país, como lo demuestra el hecho asombroso de que, entre 1975 y 2002, el producto industrial per cápita cayó en 40 por ciento. Las consecuencias sociales fueron abrumadoras. Es en ese escenario, tan diferente entre los dos países, donde tuvo lugar, en Brasil, el desarrollo de la producción de pollos y otros rubros de la industria mencionados en tu carta. Nuestro atraso relativo respecto de Brasil viene de antes. Esta década, la tendencia comenzó a revertirse y podremos seguirlo haciendo si se consolida una visión y una política nacional del pleno despliegue del potencial argentino.
El Estado. Celebro que desde el sector privado surja una voz como la tuya, destacando el papel fundamental de las políticas públicas y proponiendo una reforma fiscal que genere recursos y los canalice al desarrollo económico y social. Es, en efecto, preciso una reforma tributaria que le dé equidad al sistema y recursos para proveer de los bienes públicos indispensables para el desarrollo y la inclusión social. No comparto tus dudas sobre la capacidad del Estado de administrar un régimen de retenciones flexibles, atendiendo a las variaciones en los mercados. Si el Estado es el que justificadamente reclamas, administrar ese instrumento es una tarea menor y, desde ya, cuenta con esa habilidad para ponerla en práctica.
En resumen, el futuro del campo y de toda la cadena agroindustrial depende del pleno desarrollo de la economía argentina, la consolidación de la soberanía y de la capacidad de decidir nuestro propio destino en el mundo global, la inclusión social y la consolidación de la democracia y, en su seno, la resolución de los conflictos de una sociedad pluralista como la nuestra. Comparto tu confianza en el potencial del país, en sus trabajadores y empresarios creadores de riqueza y en la inteligencia argentina. Hemos demostrado nuestra capacidad de emprender las actividades más complejas, como lo hacen, por ejemplo, el Invap fabricando reactores nucleares o, en el agro, los Grobo. Tenemos también los recursos financieros necesarios con una tasa de ahorro que alcanza a casi el 30 por ciento del PBI, equivalente a más de 100 mil millones de dólares anuales. No tenemos que andar buscando plata afuera, sino convencernos de que el lugar más rentable y seguro para invertir el ahorro interno es la Argentina.
Si la opinión predominante en el campo termina de convencerse de que el sector no es un apéndice del mercado mundial, sino un sector fundamental de una economía nacional, plenamente desarrollada, desde el campo hasta la industria, desde la Pampa hasta las regiones más remotas del inmenso territorio nacional, será un gran aporte para poner al país que realmente tenemos ahora a la altura del país posible, cuya construcción comenzó en mayo de 1810 y aún está inconclusa.

23 de agosto de 2010

dos modelos

La riqueza del debate publicado en Página/12 residió en que quedó claro que lo que realmente estaba en discusión al hablar de retenciones no era una simple cuestión tributaria, sino el modelo de desarrollo.
Por Claudio Scaletta
Gustavo Grobocopatel es el productor sojero por antonomasia de la Argentina. Como tal, es ensalzado por la derecha política y mediática y también por la vasta academia de negocios, local e internacional, que lo centra como el paradigma del emprendedor y la conjunción de virtudes logradas y potenciales de los agronegocios. Como todo empresario exitoso y que, a diferencia de la media de los grandes empresarios argentinos, tiene a la vez una formación académica que lo respalda, Grobocopatel está muy seguro de sí mismo. Tiene con qué: no le faltan resultados ni halagos. Pero a diferencia de sus pares, a Grobo le gusta salir del gallinero. Su seguridad, el convencimiento en lo que hace y, quizá, su impronta ancestral, lo llevan a encontrar placer en el debate. Un dato adicional. Para la mayoría de los periodistas consultar a cualquier empresario top es más arduo que hacerlo con un ministro de la Nación. Normalmente supone atravesar una maraña de presuntos expertos en comunicación. Grobocopatel, en cambio, suele atender personalmente su celular. El dato marca su estilo. Debe saludarse y celebrarse, entonces, esta práctica de ruptura con la endogamia habitual de la vasta casta empresaria local, de norma antiintelectual y sólo propensa a aparecer, tras pactar contenidos, en los medios del palo.
Gracias a esta actitud de Grobocopatel, en los últimos días los lectores de Página/12 tuvieron el placer de asistir en primera fila a un rico debate de ideas, un intercambio con picos de calidad, no exento de algunos lugares comunes, como los prejuicios antitecnológicos que a nivel global difunde la multinacional Greenpeace, funcional a los intereses de los subsidiados productores agrarios europeos, o los de la mitología procampo sobre las infinitas posibilidades que presentan los agronegocios a los realmente emprendedores, sin dejar de lado, por supuesto, el clásico del efecto multiplicador del agro sobre el conjunto de la economía.
Si bien las retenciones fueron el inevitable telón de fondo, la riqueza del debate residió en que quedó claro que lo que realmente estaba en discusión al hablar de retenciones no era una simple cuestión tributaria sino el modelo de desarrollo. Por más que cotidianamente el bloque agromediático insista en que las retenciones son una cuestión impositiva que agobia a un sujeto agrario inexistente, como lo es el “pequeño productor sojero”, lo que se discute es otra cosa. La economía local enfrenta en el presente el mismo desafío que en el siglo XIX: frente al ciclo alcista de los precios internacionales de los commodities, vuelve a presentarse la opción de ser un proveedor mundial de materias primas. En el siglo XIX el ciclo alcista fue determinado por la revolución industrial inglesa. En el presente, por las revoluciones industriales asiáticas.
Frente a esto Grobocopatel es explícito: el “granero” del mundo debe ascender ahora a “góndola” planetaria. Este es el modelo. No es exégesis. Es lo que taxativamente se afirma.
Y ya que se habla de dilemas decimonónicos, en el siglo XIX la teoría económica, más precisamente David Ricardo, no sólo ofreció respuestas tan luminosas como la renta diferencial de la tierra, sino que también aportó las bases que justificaron la división internacional del trabajo y, al hacerlo, identificó el instrumento de ajuste de las distintas productividades sectoriales: el tipo de cambio. Las retenciones, precisamente, se basan en ello: en el establecimiento de tipos de cambio diferenciales para, otra vez Ricardo, romper las “ventajas comparativas” estáticas.
Sin retenciones, el tipo de cambio real sería determinado por el sector con mayor productividad de la economía, con lo que se apreciaría notablemente y licuaría la ganancia adicional obtenida por los exportadores agrarios que fueron liberados de las retenciones. Ingeniero agrónomo con un posgrado en suelos, probablemente Grobocopatel no sepa sobre estas minucias de economistas. O quizá sí lo sepa, pero no le importe. Finalmente, desde tiempos inmemoriales lo único que le interesa al sector agropecuario es el precio pleno en dólares. Claro que si tal apreciación cambiaria se produjese, se dejaría en el camino la diversificación productiva. Como el agro, en la más optimista de las proyecciones, sólo genera un tercio del empleo directo e indirecto, dos tercios del país mirarían su magnificencia por la ventana. En ese caso, esta vez con causa, la “seguridad” se convertiría en el centro excluyente de la agenda mediática.

22 de agosto de 2010

La agonía

Por Alfredo Zaiat

“Designado profesor en una escuela de Baeza, Machado llegó a la ciudad hispánica y se presentó en el colegio en busca del rector; la escuela estaba cerrada y a su llegada apareció el portero, quien le dijo:
“–El señor rector está en este momento en la agonía”.
Al oírlo, Machado se acongojó y preguntó:
“–¿Tan grave es el mal?”
“–Nada de eso –le contestó el portero. El señor rector está en su tertulia, en el Círculo de Labradores. Y aquí, lo llamamos a ese círculo ‘La Agonía’, porque los labradores siempre se están quejando”.

Este párrafo extraído del libro De Memoria. Pantalones cortos, de Arturo Jauretche, publicado en diciembre de 1972 por la Editorial Peña Lillo, es una necesaria introducción para el debate inaugurado por Mempo Giardinelli con el empresario del agro Gustavo Grobocopatel en las páginas de este diario. Esa polémica ya ha tenido un par de intercambios, con una intervención ilustrada de Aldo Ferrer. El autor del clásico La economía argentina ha brindado una lección de política económica en su misiva a uno de los más grandes productores de soja del país. Es una carta que aporta claridad a una puja política mediática alimentada de confusión por los principales actores de la actividad agropecuaria acompañados en ordenada fila por representantes de fuerzas políticas de origen diverso. Ferrer le explicó a Grobocopatel, con serenidad de profesor, que desvincular las retenciones del análisis del tipo de cambio es una falta generalizada, lo que reduce equivocadamente la cuestión a su impacto en la distribución del ingreso. Con los derechos de exportación a la producción primaria lo que está en juego es la estructura productiva y el desarrollo económico, remarcó Ferrer. Es muy sencillo de entender con poco esfuerzo sin necesidad de mencionar en forma parcial experiencias en Finlandia, Brasil o Chile, incluidas en la réplica de Grobocopatel.
Para avanzar en el desafío que propone Ferrer, se rescata uno de los documentos más relevantes de Marcelo Diamand, también empresario y lúcido pensador de la realidad económica. Es el ensayo publicado en 1972 en la revista Desarrollo Económico, bajo el título “La estructura productiva desequilibrada. Argentina y el tipo de cambio”, Diamand sostenía que el desequilibrio de la estructura productiva argentina se debe a la existencia de dos sectores con realidades muy diferentes: el agropecuario, que goza de ventajas naturales y una productividad particularmente alta, y un sector industrial, con una productividad mucho menor. En base a esa premisa, afirmaba la necesidad de adoptar tipos de cambios diferenciales, con un dólar más alto para la industria, que la proteja razonablemente e incentive su desarrollo exportador. Ese tipo de cambio industrialista se obtiene hoy mediante retenciones al sector agropecuario, siendo una de las herramientas propuestas por Diamand. También mencionaba la opción del desdoblamiento cambiario o la de reintegros a la exportación industrial. Destacaba que el hecho de que el tipo de cambio se determine en base al sector más productivo se convierte en el determinante central de la falta de exportaciones industriales, lo que inicia la cadena de acontecimientos que culmina con las crisis y con el estancamiento argentino. Diamand señala que este factor central del cual derivan las múltiples deformaciones de la economía argentina no refleja ninguna ley de naturaleza, sino que se arrastra por tradición desde las estructuras productivas desequilibradas. Aconsejaba que “cualquiera que sea el esquema cambiario tiene que cumplir una condición: tiene que existir un consenso a nivel de los sectores dirigentes de que se está tomando una medida en la estructura real de productividades y no de un estímulo temporario otorgado de lástima a una industria ineficiente. Unicamente en este caso se podrá hacer una promoción realmente enérgica y además darle el carácter verdaderamente estructural y permanente a la medida”.
Ferrer continúa con ese legado reflexivo de Diamand al escribir en la carta abierta a Grobocopatel que “para el único fin para el cual las retenciones son insustituibles es para establecer tipos de cambio diferenciales, que es lo que realmente importa para la competitividad de toda la producción interna sujeta a la competencia internacional”. Esta problemática no es exclusiva de la economía argentina. Todos los países utilizan variadas herramientas de política económica (aranceles, subsidios, tipo de cambios diferenciales) para administrar el impacto de los precios internacionales sobre las realidades internas, con el objetivo de defender los intereses “nacionales”, señala Ferrer. Para adelantar que “el pleno desarrollo del país irá eliminando los actuales desequilibrios y transformando la formación de los precios relativos, lo cual permitiría unificar el tipo de cambio, eliminar las retenciones y emplear otros instrumentos para ‘administrar’ las señales que transmite el mercado internacional”.
En la carta de respuesta, Grobocopatel afirma que es partidario de reemplazar las retenciones, no de eliminar el pago de impuestos. Se refiere a la propuesta del pago a cuenta del Impuesto a las Ganancias o de aplicar un tributo a la tierra. Uno de los productores referentes del país e integrante como vocal de la Asociación Empresaria Argentina (AEA) por Los Grobo Agropecuaria minimiza así el grave problema de evasión del sector. Respecto al grado de cumplimiento con el fisco, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner reveló unos datos sorprendentes la semana pasada. En un extenso discurso de casi una hora, interrumpido por tibios aplausos en cinco oportunidades y un sexto de despedida, en el 126º aniversario de la Bolsa de Comercio de Rosario, cuya actividad principal es la compraventa de granos, la primera mandataria detalló que el año pasado el sector alimentos facturó, según declaraciones juradas presentadas a la AFIP, 147.569 millones de pesos.
Con un conflicto sectorial que se arrastra desde hace poco más de dos años, las cifras expuestas en la casa bursátil de los hombres de negocios del agro adquieren una relevancia ocultada por gran parte de la prensa. Resultan muy ilustrativos los siguientes números expuestos en ese amigable auditorio:
- En los 147.569 millones de pesos facturados en el rubro alimentos están excluidos los despachos de bebidas, vino, exportación primaria de granos.
Son ventas realizadas por el complejo oleaginoso, carnes, hortalizas, frutas, lácteos, molinos harineros.
- ¿Cuánto se recaudó por el Impuesto a las Ganancias de esa actividad?: apenas 2120 millones de pesos.
- Por derechos de exportaciones en esos rubros ingresaron al fisco 17.500 millones de pesos.
Las ventas al mercado externo sumaron 77.000 millones, que tributaron 1900 millones de Ganancias y el monto mencionado por retenciones.
- En cambio, las ventas por 67.000 millones de pesos al mercado interno sólo derivaron en un pago de Ganancias por apenas 220 millones de pesos.
Son cifras notables de la elevada evasión de la actividad agropecuaria. Una condición indispensable para profundizar un debate necesario sobre las retenciones, la soja, el medio ambiente, los precios internos y la estructura productiva y el desarrollo nacional es cumplir con la responsabilidad fiscal básica de pagar impuestos.

20 de agosto de 2010

Soja, retenciones y la “góndola del mundo”

Por Aldo Ferrer
La producción de soja es actualmente el componente más dinámico del sector agropecuario argentino. Contribuye al aumento de las exportaciones y la demanda interna y al crecimiento de la economía nacional. En la actividad tienen lugar algunas de las principales transformaciones del agro, como la siembra directa, el empleo de agroquímicos y los llamados “paquetes tecnológicos”. La llamada “agricultura de precisión”, que opera en la frontera tecnológica del agro mundial, se refiere principalmente a la soja. Su expansión ha transformado el uso del suelo, las cadenas de valor y la organización de los factores de la producción. La ampliación de la frontera de la soja transfigura la estratificación social del campo y crea nuevos grupos de gran poder económico en que convergen el liderazgo empresario, las tecnologías de punta, la reorganización de los mercados y el financiamiento de todo el ciclo productivo.
Es comprensible que un proceso de semejante magnitud provoque conflictos de intereses y visiones encontradas sobre sus consecuencias sobre el desarrollo, la protección de la naturaleza y el medio ambiente, el bienestar social y la ubicación del país en la globalización. Sobre esto último cabe destacar el impacto de los cambios en el orden mundial sobre la realidad argentina. En efecto, la actual revolución industrial de China e India implica la incorporación de centenares de millones de personas a las cadenas de valor y los mercados transnacionales. Una de sus consecuencias es el aumento de la demanda de alimentos y materias primas y la elevación de sus precios. Precisamente, uno de los ejemplos notables es la soja y sus derivados.
No es la primera vez que se registra un hecho semejante. A mediados del siglo XIX, la primera Revolución Industrial, bajo el liderazgo de Gran Bretaña, también provocó el aumento de la demanda internacional de productos primarios y la valorización de los recursos naturales. La Argentina se incorporó al nuevo orden mundial como un proveedor de alimentos y materias primas e importador de manufacturas y capitales. Fue el estilo de desarrollo que mucho después, en la década de 1940, Raúl Prebisch denominó “centro periferia”. A medida que el país fue creciendo, el modelo le fue quedando chico. Además, era incompatible con el despliegue del potencial argentino y la incorporación del conocimiento que requería, simultáneamente, integrar las cadenas de valor del agro y de­sarrollar las ramas industriales portadoras de la ciencia y la tecnología, incluida la producción de maquinarias y equipos. Es decir, conformar una estructura industrial integrada y abierta, con una ancha base de producción primaria.
La crisis mundial de 1930 puso fin, definitivamente, al modelo agroexportador, y desde entonces hasta la actualidad no hemos logrado generar el necesario consenso mayoritario acerca de la estructura productiva necesaria y posible. Antes bien, los cambios actuales en el orden mundial y el dinamismo de la soja y otros productos del agro han reavivado la ilusión de un nuevo próspero futuro como “granero del mundo”, que, con la agregación de valor para producir alimentos, podría ser la “góndola del mundo”. La góndola es un avance importante sobre el granero, pero tampoco alcanza. Toda la cadena agroalimentaria emplea como máximo 1/3 de la fuerza de trabajo y es, por sí sola, incapaz de incorporar la ciencia y la tecnología en todo el tejido productivo y social del país, que es la base fundamental del desarrollo en la Argentina y el resto del mundo.
El actual debate sobre la soja, en todas sus dimensiones económicas, sociales y ambientales, requiere ser colocado en el contexto del desarrollo del país y su inserción internacional. Porque el campo no es un apéndice del mercado mundial sino un sector fundamental de la economía nacional. Sin embargo, algunas opiniones, surgidas del ruralismo, levantan su voz por la injerencia del Estado en la transferencia de los precios internacionales a los precios internos argentinos.
De allí, por ejemplo, que las retenciones se interpreten como la confiscación de un ingreso perteneciente al productor. Se escucha, a veces, la protesta que dice que, de tres camiones cargados con soja, uno lo confisca el Estado. O, desde una postura más benévola, destacar el esfuerzo especial que está haciendo el campo para financiar al Estado y sus programas sociales. Ni una cosa ni la otra son ciertas si no se las refiere al tipo de cambio al cual se aplican las retenciones. Porque en la década del ’90 y en otros momentos, no había retenciones sobre tipos de cambio sobrevaluados que sacrificaron, simultáneamente, al campo y la producción de manufacturas industriales, endeudaron y empobrecieron al país hasta llevarlo a la crisis terminal del 2001/02.
No hay evidencias de que las retenciones hayan frenado el crecimiento del campo en el transcurso de esta década. No es concebible ese crecimiento, entre los más altos del agro mundial, sin condiciones positivas de rentabilidad ni que la eliminación de las retenciones (inconcebible sin una fuerte apreciación del tipo de cambio), aumentaría la inversión en vez de desviar fondos excedentes a otros fines.
En realidad, las retenciones no son un impuesto especial aplicado a la soja y a otros productos primarios. Son la diferencia entre los tipos de cambio necesarios para otorgarle competitividad a toda la producción de bienes sujetos a la concurrencia internacional. Porque en la Argentina, como en el resto del mundo, los precios relativos internos son distintos de los internacionales, y es por eso que todos los países con políticas funcionales al interés nacional se administra, con una multiplicidad de instrumentos, el impacto de los precios internacionales sobre los internos. Las retenciones son apenas uno de esos instrumentos y no pueden tratarse desvinculadas del tipo de cambio de referencia.
Las retenciones, aparte de su función esencial de expresar la brecha entre los tipos de cambio necesarios para la competitividad de los diversos sectores de la producción interna sujeta a la concurrencia internacional, cumplen otras dos funciones. Por un lado, sin ser estrictamente un impuesto, generan un ingreso fiscal que debe asignarse conforme las reglas constitucionales.
Segundo, atendiendo a que la producción exportable incluye bienes que forman parte de la demanda y cadenas de valor internas, desacoplar los precios internos de los internacionales. Son dos objetivos importantes a los cuales se reduce la justificación oficial de las retenciones y, también, la crítica ruralista que considera injusto poner sobre los hombros del campo semejante carga. Al no incluir la explicación de las retenciones como un instrumento esencial para la transformación y el desarrollo de la economía argentina, el debate sigue encerrado en los contenidos distributivos de la cuestión.
Sea como fuere, la soja es protagonista principal en el actual debate sobre la situación del país y su futuro. Ese debate no debe perder de vista el lugar de la soja y del campo desde la perspectiva del desarrollo de toda la economía argentina y sus regiones. Estos temas fundamentales seguramente serán objeto de debate y, esperemos, de acuerdo, en el programa puesto en marcha por el ministerio del ramo para trazar un plan agroalimentario de vasto alcance, con la cooperación de universidades y los sectores sociales vinculados al agro.

18 de agosto de 2010

Carta a Aldo Ferrer

Por Gustavo Grobocopatel
Mempo Giardinelli inauguró la semana pasada un debate sobre la soja y el desarrollo agrario con una carta pública destinada a Gustavo Grobocopatel, uno de los más importantes productores sojeros del país. Este le contestó, lo que motivó la réplica de Mempo Giardinelli, pero también se sumaron Aldo Ferrer y Enrique Martínez. Aquí se reproduce la respuesta de Grobocopatel a Ferrer

Estimado Aldo:

Recuerdo muy bien haber escrito juntos ese artículo sobre el modelo de desarrollo de la Argentina y también las largas charlas sobre el tema. Tengo claro que no hay diferentes visiones entre nosotros sobre hacia dónde debemos ir como sociedad y economía; nuestras diferencias están en cómo llegar. No voy a opinar sólo desde las ideas, lo hago comprometido e involucrado. En Los Grobo invertimos en industrializar materias primas con molinos harineros, avicultura y alimentos congelados y actualmente estamos invirtiendo en una fábrica de pastas. En ninguno de estos casos la decisión fue tomada y estimulada porque hay retenciones.
Quisiera sólo hacer comentarios de alguien que no es economista pero que, con el respeto y consideración que sabes tengo por vos, tiene muchas dudas sobre tus argumentos que defienden la utilización de las retenciones.
En principio las retenciones son utilizadas desde hace más de 8 años en forma ininterrumpida y ocuparon mediante distintos tipos de mecanismos gran parte de los últimos 50. El balance general en estos años no fue bueno: no generó una industrialización competitiva ni sustentable, tampoco grandes cantidades de empresas argentinas de calidad global; los pobres aumentaron y la brecha con los más ricos también; el PBI de Argentina no creció como el de los países semejantes y otras medidas de bienestar más modernas arrojan resultados realmente malos. Para tomar un caso cercano: Brasil, sin retenciones y con un tipo de cambio bajo, tuvo todos los logros que no pudimos conseguir, disminuyendo la pobreza de forma sorprendente. Seguramente habrá muchas explicaciones, pero sin duda que las retenciones y tipo de cambio alto no son condiciones fundamentales para conseguir el país que ambos queremos.
Respeto tus argumentos macroeconómicos y aprendo con tus ideas, pero me gustaría contarte, desde la microeconomía, qué hubiese sucedido si no se hubieran cobrado retenciones (aquí remarco que es fundamental tener políticas de incentivos a la inversión, al combate contra la evasión y un Estado fuerte y dinámico: de calidad). Podría hablar de la historia que conozco bien, mi empresa Los Grobo. Con más ganancias hubiéramos invertido en industrializar más las materias primas. No es que no lo hayamos hecho –más por la visión que por el incentivo económico– pero, por ejemplo, tenemos un 10 por ciento de participación en una planta que faena 100.000 pollos por día y es la única inversión en una nueva empresa avícola en Argentina de los últimos 30 años. En Brasil las empresas más competitivas faenan 1.000.000 pollos por día. Es decir, que en nuestro país deberíamos haber generado una inversión mucho más agresiva en este sector y haber logrado empresas globales altamente competitivas. Chile lo está haciendo con maíz y soja argentina. En cerdos recién nos autoabastecemos, en lácteos deberíamos ser grandes proveedores globales con productos con denominación de origen, y ni hablar de otros sectores de la economías regionales. Como sabés, esto dinamiza a muchos otros sectores aparentemente desconectados de la agroindustria: la metalmecánica, la petroquímica, la industria automotriz, la electrónica, el software, etc.
En Brasil, por ejemplo, hay unas 20 o 30 empresas multinacionales de capital brasilero que el Estado ayuda para que sean número uno en el mundo. Creo que en el sistema impositivo está una de las razones más importantes por las que vamos perdiendo empresas en Argentina en manos de los extranjeros y también porque los emprendedores tienen poca capacidad de supervivencia y no pasan los primeros estadios de su evolución.
En el interior hay miles de emprendedores que, como Los Grobo, están en las gateras esperando las señales. Los pueblos de interior se llenarían de pymes y grandes empresas. El empleo aumentaría y se revertiría el proceso migratorio. El problema de fondo de las retenciones es que genera protección también a sectores que no pudieron ni pueden salir de sus problemas. Las políticas activas de Estado permiten, cuando son diseñadas tomando en cuenta los agentes que las reciben, aumentar la producción a la vez que disminuir los precios de los bienes y servicios que consume la gente, aumentando la calidad de vida de los habitantes y desarrollando la Argentina. Ese aumento en la producción permitiría además generar puestos de trabajo de calidad que incorporen la matriz de conocimiento del siglo XXI.
En lo personal tengo plena confianza en el despliegue del talento argentino en todos los ámbitos en los que somos buenos: software, agroindustria, diseño, producción de tubos sin costura, cajas de cambio, productos farmacéuticos, ciencia (eso que todos saludamos la creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva), electrónica y esa otra gran industria sin chimeneas que es el turismo, que también constituye un factor de desarrollo y cohesión social en el interior del país. Necesitamos un mensaje claro del Estado, de la sociedad, y desde allí salir a conquistar el mundo con productos y servicios argentinos.
El impacto sobre los precios internos ya es un tema del que pocos dudan. En la soja el efecto es nulo y en el trigo y maíz es mínimo. En el pan o en una medialuna son mucho más importantes los costos de transporte, marketing, packaging, que el de la materia prima. En las carnes la baja de precios estará determinada por el aumento de la oferta, que es rápida en pollos, pescados y cerdos. Todos los países toman decisiones de política económica con arsenales diferentes, lo llamativo es que ninguno utilice las retenciones como eje central de su política de industrialización.
Coincido plenamente en que con la agroindustria no es suficiente, pero creo que debería ser el motor, por la demanda internacional y por las capacidades competitivas que tenemos.
Es como hicieron en Finlandia hace 20 años, que los llevó de una crisis terminal a ser el país número uno del mundo. En palabras del sociólogo Manuel Castells: “Apostaron a lo que andaba bien y lo potenciaron para darle una dimensión global; el resto de las industrias acompañaron y se desarrollaron, primero al amparo de los sectores más competitivos y luego por competencias adquiridas”. En Argentina debemos aspirar a ser uno de los mejores 30 países del mundo en los próximos 20 años.
Creo que el tema de retenciones o, mejor aún, el sistema impositivo de los próximos 20 años, es una discusión crucial para toda la sociedad. De ello dependerá hacia dónde caminaremos como sociedad y nación. El documento que escribimos juntos lo describe muy bien, en eso coincidimos. Creo que es tiempo de liberar las fuerzas productivas e impulsar un Estado de calidad. Hay que pagar muchos impuestos y el Estado debe dar cuenta a la sociedad de sus resultados. Soy partidario de reemplazar las retenciones –lo digo públicamente desde hace varios años y me gané varios enemigos–, no de eliminar el pago de impuestos.
Comprendo tus comentarios acerca de que la ciencia y la tecnología son materia de las manufacturas industriales, pero creo que nos debemos una visita al “nuevo campo” y que veas cómo la aplicación de biotecnología, nanotecnología y TICs está cambiando el sistema de producción. Con el agregado de que estas innovaciones son difundidas muy rápidamente en el sector.
Por último, con relación a tu afirmación de que las retenciones deberían ser “flexibles”, descreo, con mi corta experiencia, de que nuestro Estado tome las decisiones en tiempo y forma, ajustando los impuestos de acuerdo con las relaciones entre precios y costos. Creo que debemos definir reglas de juego claras por los próximos 20 años y cumplirlas. Creo que asignarle esta responsabilidad al Estado nos pone en riesgo de caer en burocracias y corrupciones varias que definitivamente nos condenarían a décadas de pobreza y marginación.
Sin retenciones pasaríamos de 10 a 20 millones de tn de trigo, el precio bajaría y recobraríamos nuestra participación en el mercado brasileño. En el caso del maíz es similar, pasaríamos de 25 a 50 millones de tn. De la carne ni hablar, gracias a las políticas tenemos la carne más cara del mundo. Los precios internacionales pueden subir, pero luego bajarán por el aumento de oferta; ésta es la historia que se repite desde hace décadas. Cuando los mercados funcionan bien, el mejor remedio para los altos precios son los altos precios.
Coincido contigo en que estos problemas deben ser integrados al proyecto de desarrollo nacional que pensamos juntos y sobre el cual escribimos. Espero que estas reflexiones públicas sirvan para entender los diversos puntos de vista que hay sobre por qué nuestro país es aún una promesa y, a pesar de sus múltiples condiciones, no está necesariamente predestinado al éxito económico ni social...

17 de agosto de 2010

Diálogo de uno

Enrique Mario Martínez (Presidente del INTI) continúa el debate sobre la soja iniciado en Pagina/12.
Gustavo Grobocopatel despliega toda su filosofía liberal desarrollista respecto del modelo vigente de producción agrícola, al que considera el deseable, a partir de un planteo de Mempo Giardinelli, que le achaca a la soja buena parte de los males de su Chaco empobrecido, hambreado y sediento.
Es cierto que el agua con arsénico no es culpa de la soja. Es un problema de amplias regiones del país, que necesita definición de los actores políticos locales en cada caso, ya que hay soluciones tecnológicas de la dimensión que se quiera, tanto a escala de ciudades como de cada paraje rural. El INTI y muchos otros lo han estudiado y propuesto las soluciones. Sólo falta darle al tema la misma importancia que a una autopista o una planta de biodiésel para exportar.
Pero eso es lo único no refutable de la nota del potentado sojero.
No es cierto que la agricultura sin campesinos forme parte de un nuevo paradigma productivo. A pesar de todo el proceso de concentración, propio de la inercia capitalista, el tamaño de una unidad productiva promedio en la zona sojera norteamericana es tres veces más chica que en Argentina. Las propiedades que allá aportan el 10 por ciento de mayor facturación tienen 700 hectáreas de promedio. Los 13.000 productores que dominan el 60 por ciento de las cuatro provincias agrícolas más importantes de Argentina explotan un promedio de 2500 hectáreas cada uno.
En Estados Unidos también se da tierra en arriendo, pero sólo el 25 por ciento de la tierra arrendada en Iowa, principal centro sojero y maicero, es tomada por gente de otro estado. Aquí es exactamente al revés. Mucha gente en Argentina gana dinero produciendo soja en tierras que ni sabe dónde quedan, porque se limita a ser capitalista de una actividad que otros implementan.
No es cierto que el paquete tecnológico aplicado sea más conservacionista que el anterior. El herbicida total y la siembra directa reducen el riesgo de erosión. Pero la rotación soja sobre soja ya ha disminuido la fertilidad de algunos predios en más de un 30 por ciento y compacta los suelos, constituyéndose en una preocupación hasta para quienes promovían el esquema ciegamente hace algunos años.
No es cierto que “un emprendedor, no importa su origen, puede llegar a ser productor”. Es casi una burla. Es como decir que quien invierte en cédulas hipotecarias es un constructor. Los pooles de siembra permiten mirar el campo como un negocio financiero de alta rotación. Sin embargo, desplazan toda la ocupación física de detalle, haciendo creíble la imagen ya instalada del desierto verde.
No es cierto que sea bueno que haya menos productores y más proveedores de servicios. No sólo no es eficiente, sino que invitaría al poderoso sojero a sentarse sólo un mes arriba de un camión granelero y comparar esa condición con la del labrador de 50 hectáreas con su propio tractor, para ver cuál elige.
No es cierto que las retenciones son anti desarrollo y anti equidad. Es sorprendente esta afirmación. Son simplemente el aporte impositivo necesario para que la comunidad nacional pueda compartir los altísimos beneficios generados por una actividad vital para el país, pero con barreras de entrada enormes, ya que como se sabe, sin tierra no se puede producir, y la tierra está aquí más concentrada que en cualquier país de potencial agrícola similar en el mundo.
Se propone cambiar el modelo impositivo. En realidad hay que cambiar el modo de uso de la tierra. La fertilidad de la tierra debe ser considerada patrimonio público y no puede admitirse que un propietario la destruya productivamente para las generaciones futuras.
Por lo tanto, debería dictarse una ley de uso racional del suelo agrícola, en que zona por zona, con intervención de los mejores técnicos del país, los productores del lugar y si es necesario especialistas de primer nivel mundial, se establezcan cuáles son las rotaciones admisibles, para evitar el deterioro del patrimonio común.
A partir de allí, cada chacarero debería poder elegir libremente qué menú adopta, pero debería fiscalizarse que lo hiciera. De tal modo, la rentabilidad futura del campo sería la rentabilidad promedio, entre los granos, la ganadería, la lechería, la producción de forraje, sin posibilidad de que alguien se juegue a la ganancia de corto plazo y deje desnudos a todos los argentinos para el largo plazo.
Esta norma, acompañada de la legislación de control ambiental que está faltando y una nueva ley de arrendamientos, que busque que quien cede la tierra y quien la tome tengan mayor proximidad física, para que el desarrollo local no se evapore detrás de las ruedas gigantes de los contratistas transhumantes, configurarían un nuevo escenario virtuoso para la actividad productiva más importante de la historia argentina.
En paralelo con ese nuevo ordenamiento, crecerían las industrias de alimentos locales; podría aumentar enormemente la producción de alimentos en las zonas periféricas, para atender los consumos locales. En fin: la Argentina pasaría a ser de todos y para todos.
De otro modo, la agricultura sin chacareros, que el poderoso sojero pregona, será en algún tiempo la agricultura sin argentinos. Dice que vendió un 25 por ciento de su sociedad a brasileños, para poder crecer. Le hago un pronóstico. Por ese camino, en algunos años, los brasileños venderán a otros brasileños más grandes, que le comprarán mayor porcentaje a usted; éstos luego les venderán a prósperos chinos, en sociedad con jeques petroleros en busca de inversiones que les aseguren sus alimentos. Y usted, yo y los 40 millones de argentinos terminaremos mirando pasar sus camiones desde la banquina. El único consuelo que quedará es que los habremos embromado, porque nuestras tierras ya no tendrán la fertilidad necesaria y a lo mejor no se dan cuenta

Carta abierta a Grobocopatel

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A raíz de la polémica que vienen sosteniendo a través de Página/12 el escritor Mempo Giardinelli y el empresario sojero Gustavo Grobocopatel sobre la cuestión social del agro y su responsabilidad en la protección del medio ambiente, empiezan a surgir otras voces que se suman al debate. Aquí, la del economista Aldo Ferrer.
Estimado Gustavo:
Recordarás que, hace algún tiempo, con nuestro común amigo Bernardo Kosakoff, publicamos un artículo, en co-autoría, sobre el papel de la cadena agroindustrial en la economía y la sociedad argentinas. En estos días he leído un intercambio de cartas abiertas que mantuviste, con Mempo Giardinelli, sobre las mismas cuestiones y no resisto la tentación de entrometerme para señalar algunos puntos. El intercambio es muy rico y esclarecedor sobre cuestiones fundamentales, como la protección del medio ambiente y los recursos naturales y la cuestión social en el agro. Al mismo tiempo, creo que el análisis debe ubicarse en el contexto más amplio del desarrollo de toda la economía nacional en su inmenso territorio y su posicionamiento en el orden mundial. Concentraré mi comentario en la cuestión de las retenciones, que es crucial en el tratamiento del tema.
Decís en tu carta: “Las retenciones son anti-Chaco, anti-desarrollo rural, anti-equidad”. No es así, por múltiples razones. No se puede hablar de retenciones sin referirlas al tipo de cambio. Es como tratar de contar la historia de Hamlet sin el príncipe de Dinamarca. Desvincular las retenciones del tipo de cambio no es sólo una insuficiencia de tu afirmación, sino una falta generalizada en todo el debate sobre la materia. La consecuencia es que el problema se reduce a su impacto en la distribución del ingreso. En mi intervención en las comisiones de Agricultura y Hacienda de la Cámara de Diputados de la Nación, durante el tratamiento de la resolución 125, destaqué que el debate se limita a ese aspecto distributivo cuando, en realidad, lo que está en juego es la estructura productiva y el desarrollo económico.
Las retenciones tienen un efecto fiscal y desvinculan los precios internos de los alimentos exportables de los precios externos. Pero estos objetivos podrían alcanzarse, en principio, por otros medios. Para el único fin para el cual las retenciones son insustituibles es para establecer tipos de cambio diferenciales, que es lo que realmente importa para la competitividad de toda la producción interna sujeta a la competencia internacional, en toda la amplitud del territorio nacional y sus regiones.
La necesidad de las retenciones surge del hecho de que los precios de los productos agropecuarios respecto de las manufacturas industriales son distintos de los precios relativos de los mismos bienes en el mercado mundial. Es decir, las retenciones permiten resolver el hecho de que, por ejemplo, la producción de soja es internacionalmente competitiva con un tipo de cambio, digamos, de dos pesos por dólar y, la de maquinaria agrícola, de cuatro. Los tipos de cambio “diferenciales” reflejan las condiciones de rentabilidad de la producción primaria y las manufacturas industriales. La brecha, es decir, las retenciones, no es estrictamente un impuesto sobre la producción primaria, sino un instrumento de la política económica. El mismo genera un ingreso fiscal cuya aplicación debe resolverse en el presupuesto nacional, conforme al trámite constitucional de su aprobación y ejecución.
La asimetría entre los precios relativos internos e internacionales no es un problema exclusivamente argentino. La causa radica en razones propias de cada realidad nacional. Entre ellas, los recursos naturales, nivel tecnológico, productividad y organización de los mercados. En la Argentina inciden, entre otros factores, la excepcional dotación de los recursos naturales y los factores que históricamente condicionaron el desarrollo del agro y la industria. Todos los países utilizan un arsenal de instrumentos (aranceles, subsidios, tipos de cambio diferenciales, etc.) para “administrar” el impacto de los precios internacionales sobre las realidades internas, con vistas a defender los intereses “nacionales”. En la Unión Europea, por ejemplo, sucede a la inversa que en nuestro país: las manufacturas industriales son relativamente más baratas que los productos agropecuarios. En consecuencia, se subsidia la producción agropecuaria, lo cual insume la mayor parte de los recursos comunitarios. Si no lo hiciera, desaparecería la actividad rural bajo el impacto de las importaciones, situación inadmisible por razones, entre otras, de seguridad alimentaria y equilibrio social.
¿Cuáles serían las consecuencias de unificar el tipo de cambio para eliminar las retenciones? En nuestro ejemplo, si el tipo de cambio fuera el mismo, dos o cuatro por dólar, tanto para la soja como para la maquinaria agrícola, en el primer caso (dos por dólar) desaparecerían la producción de la segunda y gran parte de la industria manufacturera, sustituida por importaciones. Las consecuencias serían un desempleo masivo, aumento de importaciones, déficit en el comercio internacional, aumento inicial de la deuda externa y, finalmente, el colapso del sistema. En el segundo caso (cuatro por dólar), se produciría una extraordinaria transferencia de ingresos a la producción primaria, el aumento de los precios internos y el desborde inflacionario. En las palabras de Marcelo Diamand, en la actualidad, dada nuestra “estructura productiva desequilibrada”, es inviable la unificación del tipo de cambio para toda la producción sujeta a la competencia internacional. Unificar el tipo de cambio traslada los precios relativos internos a los internacionales, con lo cual el campo se convierte en un apéndice del mercado mundial en vez del rol que le corresponde como sector fundamental de un sistema económico nacional, condición necesaria del desarrollo de cualquier país.
¿Por qué es preciso, simultáneamente, tener mucho campo, mucha industria y mucho desarrollo regional? ¿Por qué es necesaria la rentabilidad de toda la producción sujeta a la competencia internacional? Por la sencilla razón de que la cadena agroindustrial (incluyendo todos sus insumos de bienes y servicios provenientes del resto de la economía nacional) genera 1/3 del empleo y, por lo tanto, es inviable una economía, próspera de pleno empleo, limitada a su producción primaria, por mayor que sea la agregación de valor y tecnología al complejo agroindustrial. En otros términos, no es viable una economía nacional reducida a ser el “granero” ni, tampoco, la “góndola” del mundo. Sólo con esto nos sobra la mitad de la población. Por otra parte, la ciencia y la tecnología son el motor del desarrollo de las sociedades modernas y, para desplegarlas, es indispensable una estructura productiva diversificada y compleja que incluya, desde la producción primaria con alto valor agregado, a las manufacturas que son portadoras de los conocimientos de frontera.
Si se alcanza el convencimiento compartido sobre la estructura productiva necesaria y posible, se abandona la discusión de las retenciones como un problema reducido a la distribución del ingreso. Se plantean entonces dos cuestiones centrales. Por una parte, el tipo de cambio que maximice la competitividad de toda la producción nacional sujeta a la competencia internacional. Es decir, el tipo de cambio de equilibrio desarrollista. Por la otra, el nivel de las retenciones compatibles con la rentabilidad de la producción primaria e industrial, tomando en cuenta los cambios permanentes en las condiciones determinantes de costos y otras variables relevantes. Las retenciones deben ser “flexibles” y tomar nota de tales cambios. Al mismo tiempo, deben aplicarse de la manera más sencilla posible. Por ejemplo, la comprensible demanda del ruralismo integrado por pequeños y medianos productores de recibir un trato preferente es, probablemente, difícil de cumplir con retenciones distintas conforme al tamaño de las explotaciones o la distancia a los puertos y centros de consumo. Otros medios pueden ser utilizados con más eficacia para los mismos fines.
Es necesario referir los problemas señalados en el intercambio de cartas comentado al desarrollo nacional. Vale decir, el pleno despliegue del potencial, la gobernabilidad, la libertad de maniobra en un mundo inestable, la inclusión social, factores todos que, en definitiva, son esenciales para la prosperidad del campo, de la industria, las regiones, el capital y el trabajo, y para proteger la naturaleza y el medio ambiente. Para contribuir a tal fin es indispensable aclarar, de una vez por todas, qué son y para qué sirven las retenciones.

15 de agosto de 2010

Soja transgénica y glifosato, ésa es la cuestión

Sigue la correspondencia (ver acá y acá). Ahora vuelve a responder Mempo Giardinelli (en Pagina/12):
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Estimado Gustavo,
También agradezco el afecto contenido en tu carta, que celebro hayas hecho pública. Me parece que ambos intentamos no tener razón, sino claridad para ayudar a otros a entender un aspecto del presente. Eso exige un debate público, no privado. Así nos lo han pedido varios amigos.
Ante todo, quiero precisar nuevamente el argumento medular de mi carta anterior: que no es suficiente pensar una “estrategia de desarrollo con una visión de largo plazo” a cualquier precio. No cuestioné tu rol empresario ni tu visión de la economía mundial. Lo que cuestioné y me preocupa, y quiero discutirlo, es el daño –para mí palpable y enorme– que produce el abuso de agroquímicos vinculados con la soja. Expuse lo visible: una geografía degradada a partir de plantaciones a fuerza de glifosatos y otros venenos. Y enumeré los “daños colaterales” –despoblación, indigencia, contaminación–, los cuales son negados o minimizados sistemáticamente por productores, empresarios y corporaciones del sector.
Ese y no otro fue mi cuestionamiento, expresado antes desde mi ignorancia que desde mis prejuicios. Y eso porque no los tengo ni respondo a dogmatismo alguno. Apenas tengo curiosidad y ojos y corazón para ver. Por lo tanto, no cuestiono tus intereses ni los de nadie que trabaja y gana dinero. Saludo el éxito bien habido, la fortuna transparente y sobre todo el empeño de los emprendedores. Mi padre fue uno de ellos, seco pero decente y tenaz.
Con tu permiso, entonces, voy a discutir algunas de tus afirmaciones.
1) Decís que “Falta un Estado de calidad” y proponés “un ordenamiento territorial, con organismos de control, con justicia”.
Digo yo: ¿No es justamente eso lo que intenta el Estado ahora, al proponer un Plan Agropecuario Nacional a 10 años, y una ley de arrendamiento que incluye un principio de ordenamiento territorial? ¿Es razonable oponerse sólo porque son propuestas K? Ignoro tu posición al respecto, pero la del llamado “campo” me parece muy contradictoria. Con el debate por la “125” pasó lo mismo, y ahora muchos se dan cuenta de que les salió el tiro por la culata. Por lo tanto, yo prefiero decir que los problemas deberían ser resueltos con un ordenamiento legal muy estricto en materia de soja transgénica y de agroquímicos. Y explico por qué.
Hacia el final de tu carta decís que “gracias a la siembra directa no estamos desertificando más, el glifosato es el menos malo de los herbicidas y no pasa a las napas porque se destruye al tocar el suelo”.
Pero esto no es así, porque son muchos los millones de hectáreas que se deforestaron para sembrar soja y tienen destino de desierto ya que las rotaciones son difíciles. Y cuando deforestan para ampliar el área sembrada inevitablemente desertifican, al generar “cambio climático” (ciclos de sequías e inundaciones, como padecemos en el Chaco).
En cuanto al glifosato, no es inocuo. Según autorizados genetistas y científicos que he consultado (entre ellos un reputado investigador en Medio Ambiente y Salud del Hospital Italiano de Rosario, que hace veinte años trabaja en esto) el problema son los agregados, empezando por los detergentes para penetrar la tierra, que acompañan siempre la mezcla y que son disruptores orgánicos poderosos, como el viejo DDT. Además, como las malezas se vuelven cada vez más resistentes, le agregan otros agroquímicos –endosulfan, clorpirifo o el 24D–, la mayoría de los cuales están prohibidos en los países serios. En Francia e Inglaterra el cultivo extensivo de soja transgénica está penado por la ley. Y en otras sociedades desarrolladas no se permite bajo ningún motivo el uso de agroquímicos.
Entonces no es posible presumir inocencia para el glifosato, producto del que además en la Argentina se abusa, como se abusa de la soja transgénica, que tiene agregado un gen que la hace resistente al glifosato, que es el herbicida que mata todo, excepto a ella. Y la verdad es que nadie sabe cómo actúa este gen en un organismo vegetal, animal o humano. Y cuando esto sucede, en ciencia se aplica lo que se llama un “principio de precaución” hasta que se sepa qué pasa con las otras especies que interactúan con este gen. La FDA (EE.UU.) lo está experimentando en animales, pero no en humanos. De ahí que muchos tenemos la fuerte sospecha de que millones de argentinos indirectamente somos quizás conejitos de Indias.
2) Vos decís: “Sin soja este proceso se hubiera acelerado” y que la degradación data en el Chaco “de mucho tiempo atrás, antes de la soja”.
Es cierto, todos los problemas son anteriores, pero eso no autoriza a dar la bienvenida a la soja a cualquier precio. Es lo que propuse discutir. No para tener razón, repito. Sí para saber y que sepamos todos. Porque si no va a resultar que la soja no es culpable de nada. Y eso no es verdad.
También afirmás que “la agricultura sin campesinos es parte de un nuevo paradigma vinculado con trasformaciones en la sociedad”, viene “desde la década del ‘40, no está asociado a una ideología y no afecta sólo al campo; también hay muchas industrias con menos obreros”.
A mí en cambio me parece que las ideologías siempre juegan un papel y con los intereses mueven al mundo. Y los paradigmas son cambiantes y no siempre se erigen en favor del bienestar de los pueblos. La transformación de los últimos 40 a 60 años es producto de la tecnología, los costos de la mano de obra, las luchas sociales por la redistribución de las ganancias y varios etcéteras. No acuerdo con que la pérdida de mano de obra campesina no es tal porque pasa a los sectores de servicios.
Pero además, esa idea del nuevo paradigma agricultor me parece cuestionable si, casi inexorablemnete, deja sin trabajo a la gente y destruye familias, tradiciones culturales, apegos a formas de trabajar. No propongo que volvamos al arado de manceras, pero la modernidad desalmada tampoco. Y menos cuando hay minorías demasiado minoritarias que se enriquecen tanto mientras las mayorías cada vez más mayoritarias se empobrecen hasta niveles de indigencia.
Es por esto que el crecimiento y el desarrollo, para mí, no son una cuestión económica, sino cultural. Si el nuevo paradigma agricultor destruye la cultura de los pueblos y a sus pobladores, es un paradigma negativo.
3) “La movilidad social era mucho más lenta, para ser agricultor tenías que ser hijo de... Hoy los emprendedores, no importa su origen, pueden llegar a ser productores...”
Aquí tengo otro desacuerdo, Gustavo, porque en la Argentina de hoy, a 15.000 dólares la hectárea, la concentración es asombrosa: hay media docena de grandes agroindustrias, mientras 200.000 productores familiares tienen el 15 por ciento de la tierra. Y a mí sí me importa el origen de quien emprende, porque ese origen me permite conocer sus intenciones, su valoración del esfuerzo ajeno y su sensibilidad social.
4) Mencionás luego a los “pequeños productores que estaban a punto de perder sus campos en manos de los bancos o de los usureros locales. Este nuevo sistema agrícola de servicios ha hecho mucho más por ellos que el Estado... “
Pero esto no es verdad. Fue el Estado el que condonó deudas; fue el Banco Nación el que refinanció a muy bajo costo y apoyó de múltiples maneras a los que perdían sus propiedades. Me parece injusto atribuirle semejantes méritos al nuevo sistema.
5) “En Europa, las napas están contaminadas por siglos de agricultura irracional; felizmente en la Argentina no tenemos esos problemas...”
En Europa los pueblos consumen agua envasada y purificada con tratamientos muy estrictos, Gustavo. En la Argentina el 80 o 90 por ciento de la población consume aguas contaminadas que son dudosamente tratadas. Y como se cortan bosques enteros y el glifosato está descontrolado, la contaminación se extiende a las nuevas áreas sembradas.
6) Decís que “la desocupación es menor a la que hubiera habido sin soja” y que falta industrializar la soja en origen para “dar más trabajo”.
Esto también es discutible. Hay muchísimos cultivos sin mano de obra, y el 70 por ciento de los que trabajan están en negro. Sobran datos sobre esto. Pero además aquí se dice que no es posible industrializar porque la demanda (es decir, China) la requiere tal como se exporta: puro poroto. Lo que es una condena adicional. Un amigo empresario al frente de una pyme me dice: “De aquí sale tabla aserrada pero nada de muebles. Yo visité la región de La Marca, en Italia, y en una zona que no es más grande que Tucumán hay 5000 fábricas de muebles, y exportan 20.000 millones de euros al año. ¡Todo con madera importada!” Eso es lo que hace China: nos compra el poroto, nuestra tierra queda exhausta y el agua contaminada, y la industrialización la hacen ellos.
Finalmente, imagino que a vos te han reprochado haber entrado en este debate. A mí también me pasa. Pero sostengo que si algo vale de este intercambio es que ni vos ni yo escribimos para la tribuna, sino para saber.
Y me consta que hay empresarios tanto o más poderosos que vos, que se esconden todo el tiempo; procuran que nadie los conozca y algunos convierten sus empresas en asociaciones ilícitas. Por eso te respeto: porque vos ponés el pecho y la cara, y tenés ideas, y aunque tu modelo productivo puede no convencerme yo valoro tu perfil de empresario y me encantaría que la Argentina tuviera muchos más como vos.
Un abrazo.

13 de agosto de 2010

Respuesta a Giardinelli

Por Gustavo Grobocopatel
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Estimado Mempo:
Qué alegría poder intercambiar ideas, con respeto, entre personas comprometidas con el interior del país. El afecto que sentí de tus palabras lo retribuyo por los mismos motivos. En principio no me considero un experto, creo que las cosas son tan complejas que se necesitan miradas desde varios lados. Creo en los procesos colectivos con una certidumbre que me asusta. Lo que sí me estimula es el conocimiento, no como verdad, sino como proceso. No es que desestime lo emotivo, ya sabés que tengo una parte de músico, sólo digo que debe haber una tensión entre la emoción y la razón. Quiero decir también que no me hago cargo de todos los empresarios, como seguramente no te harás cargo vos de todos los intelectuales. Voy a hablar de mí mismo, mi empresa y mi punto de vista, que un amigo definió como la vista en un punto. Dejame entonces poder reflexionar sobre cada uno de los párrafos de tu carta y, como bien lo decís al final, que sea sólo el principio. Quizá pueda visitarte pronto en tu querido Chaco y vos en mi querida Casares, y así podamos, sobre las geografías, seguir construyendo juntos.
Es cierto que tengo intereses, todos los tenemos, pero creo que esto no me debe marginar del debate. Yo creo en el interés que también es compromiso y, mejor aún, integridad. En mi caso particular, mi interés está vinculado con el placer de la creación y la realización con otros. Todo lo que ves y te preocupa es sin duda una realidad que, desde mi punto de vista, se debe no sólo al oportunismo de algunos pocos, sino a la falta de un Estado de calidad, responsable y respondible. Los problemas que describís deberían ser resueltos con un ordenamiento territorial, con organismos de control, con justicia. Sin soja, este proceso de deterioro que observás se hubiera acelerado, más pobreza, más migraciones a las villas de Rosario o Buenos Aires. Los problemas importantes de degradación datan en el Chaco de mucho tiempo atrás, antes de la soja, y estaban vinculados con una agricultura con labranzas.
La agricultura sin campesinos es parte de un nuevo paradigma vinculado con trasformaciones en la sociedad. Es un proceso que observamos desde la década del ’40, no está asociado a una ideología y no afecta sólo al campo; también hay muchas industrias con menos obreros. Por supuesto que las políticas aceleran o retrasan el proceso y lo pueden hacer más o menos equitativo, pero es inevitable y, desde mi punto de vista, positivo más allá de los temores que despierte. Yo recuerdo a mi abuelo y sus vecinos trabajando en el campo, un esfuerzo enorme, con condiciones de vida hoy inaceptables, sin comunicaciones, sin acceso. La movilidad social era mucho más lenta, para ser agricultor tenías que ser hijo de... Hoy los emprendedores, no importa su origen, pueden llegar a ser productores. Un sistema de acceso muy democrático a los factores de la producción. También recuerdo, no hace mucho tiempo, a pequeños productores que estaban a punto de perder sus campos en manos de los bancos o de los usureros locales. Este nuevo sistema agrícola de servicios ha hecho mucho más por ellos que el Estado o los organismos públicos o multilaterales.
La nueva agricultura, con campesinos transformados en emprendedores, en proveedores de servicios, con hijos en las universidades o escuelas técnicas, con condiciones de trabajo calificadas, creo que es lo mejor para toda la sociedad. Hay más empleo, pero alocados en diferentes lugares, menos productores, más proveedores de servicios, más industrias. El impacto sobre la sociedad está estudiado incipientemente, pero los primeros resultados son optimistas. En un reciente trabajo encargado por Naciones Unidas se comprobó que diferentes grupos de interés vinculados con Los Grobo han ganado en autonomía, empleabilidad (que para mí es más importante que el empleo), enprendedurismo y liderazgo. Una sociedad más libre, más creativa, con más capacidad de adaptarse a los cambios, con más acceso al conocimiento. Por supuesto que esto no basta. Tenemos que tener un Estado e instituciones fuertes, robustas, que faciliten, que estimulen, que den igualdad de oportunidades.
Mempo, en Casares el agua está contaminada igual y en muchos lugares también, pero esto no es por la soja. No es que no haya riesgos; en Europa, las napas están contaminadas por siglos de agricultura irracional; felizmente en la Argentina no tenemos esos problemas y hay que prevenirlos sobre la base de los conocimientos y la presencia de un Estado que controle, que no es lo mismo que detener o impedir. Yo creo que la desocupación es menor a la que hubiera habido sin soja, en todo caso lo que falta es la industrialización de la soja en origen y así dar más trabajo. Por ejemplo, transformar la soja en pollo, cerdos, milanesas o derivados lácteos. El tema es cómo se estimula ese proceso. Mi punto de vista es que debería ser la inversión privada con incentivos desde el Estado. Para que haya inversión tiene que haber una percepción de que el esfuerzo vale la pena. En nuestro país el éxito está mal visto, los empresarios son permanentemente degradados, los emprendedores no tienen ganancias suficientes porque la presión impositiva es grande, no hay posibilidades de invertir. Yo puedo decirlo, ya que contra viento y marea en los últimos años invertí en producción de pollo, de harinas, de fideos, etcétera. No lo hice con ganancias grandes, tuve que vender el 25 por ciento de mi empresa a inversores brasileños y no tuve gran apoyo de los bancos. Qué bueno sería que sean las ganancias genuinas las que incentiven estas inversiones y que haya grandes empresas nacionales que se globalicen y sean parte de una gesta nacional en el mundo. Entonces en Charata o en Sáenz Peña o cualquier otro lugar de Chaco tendríamos más trabajo y retendríamos a la gente en sus lugares. No para subsistir sin dignidad, que para mí es sinónimo de “agricultura familiar”, sino para vivir con calidad y oportunidades.
Yo creo que los beneficios de la agricultura están distribuidos en la sociedad. La Argentina este año crecerá el 7 u 8 por ciento, de eso el 3 por ciento se debe a la soja. Y hay otros sectores vinculados: la industria automotriz, petroquímica, química, electrónica, metalmecánica, etcétera. No hubiesen sido posibles las Asignaciones por Hijo, los aumentos a jubilados, sin el aporte del campo. No es lo único, por favor; pero debemos reconocer y agradecer el aporte. Aunque sea sólo para que haya entusiasmo y seguir aportando.
Las cosas que te preocupan tienen para mí otra lectura: gracias a la siembra directa no estamos desertificando más, el glifosato es el menos malo de los herbicidas y no pasa a las napas porque se destruye al tocar el suelo. La desigualdad no se puede combatir si no hay creación de riqueza, salvo que quisiéramos igualar para abajo. Creo que la sociedad se debe un debate claro y objetivo sobre estos temas.
Dejame que te dé otro punto de vista sobre la “voracidad rural”. Hoy un productor aporta el 80 por ciento de sus ganancias como impuestos, con el agravante de que si pierde dinero sigue pagando. El problema no es pagar impuestos. Yo creo que debemos pagar muchos impuestos y fortalecer al Estado. El problema es cómo se paga. Las retenciones son anti-Chaco, anti–desarrollo rural, anti-equidad. De esto tengo certeza. Hay que cambiar el modelo impositivo, en forma transicional, pero urgente. Por más parches que se les ponga como segmentaciones de todo tipo, devoluciones, si esto no ocurre, no podremos dar vuelta la página y caminar hacia el desarrollo inclusivo. Aquí hay varios socios para que esto no cambie: parte de los políticos, muchos empresarios y muchos confundidos por las peleas políticas de corto plazo.
Creo que los empresarios debemos tener una responsabilidad enorme en este proceso, también los intelectuales, los académicos y todos los sectores de la comunidad. La acusación de negrear o comprar medios es, por lo menos, injusta para la mayoría que cumplimos con nuestras obligaciones. No digo que no haya casos, pero no puedo aceptar este prejuicio como parte de un debate equilibrado entre lo emocional y lo racional. Los prejuicios no ayudan a las emociones y a las razones.
Espero, con entusiasmo, el momento de vernos personalmente y discutir sobre, como bien vos decís, nuestro amado país.
Un abrazo.

12 de agosto de 2010

Carta abierta a Grobocopatel: soja sí o soja no

Por Mempo Giardinelli en Página/12
Estimado Gustavo,
Ante todo, gracias por enviarme la nota que publicaste en Clarín el 5 de agosto; no la había leído porque soy lector habitual de La Nación y Página/12. Otra aclaración: no integro el colectivo Carta Abierta y el título de esta nota responde a un estilo de artículos que escribo desde hace años.
Lo hago ahora porque siento respeto por tu inteligencia y guardo hacia vos una simpatía personal basada en el hecho de que hace años cantábamos con la misma, querida maestra, y en el común origen de nuestras familias, pues mi madre era de Carlos Casares, donde yo pasé muchos veranos en mi infancia. Siento, por ello, una cercanía de la que hablamos la última, en el Ministerio de Educación, y que ahora me autoriza, dado tu envío, a discutir algunos conceptos de tu nota.
No soy experto en soja, ni en agro ni en nada. Declaro mi ignorancia de antemano, y acepto que vos sí sos un experto. Pero también un dirigente con fuertes intereses, que te hacen mirar las cosas desde un ángulo que también respeto, pero al que cuestiono por todo lo que, sin ser experto, puedo ver con mis ojos y con el corazón.
Las oportunidades económicas que mencionás en tu artículo podrían ser incluso compartibles, pero si muchos decimos que la soja es mala para la Argentina es porque vemos los daños que ha producido y produce: bosques arrasados; fauna y flora originarias destruidas; quemazones irresponsables de maderas preciosas; plantaciones desarrolladas a fuerza de glifosatos, round-up y otras marcas que parecen de Coca-Cola pero venenosa. Yo recorro el Chaco permanentemente y viajo por los caminos de las provincias del NEA y el NOA: Santiago del Estero, Santa Fe, Corrientes, Formosa, Misiones, Salta, Jujuy, y veo los “daños colaterales”, digamos, que produce la soja: agricultura sin campesinos; cada vez menos vacas en los campos; una industrialización completamente desalmada (eso digo: sin alma) y el incesante, inocultable daño a nuestras aguas.
Esto no es una denuncia más, Gustavo, y no es infundada: la modesta fundación que presido ayuda a algunas escuelitas del Impenetrable y en una de ellas hice tomar muestras del agua de pozo que bebe una treintena de chicos. El análisis, realizado por trabajadores de la empresa provincial del agua, mostró que el arsénico es 70 veces superior a lo humanamente admisible. Siete y cero, Gustavo, 70 veces. Lo traen las napas subterráneas de los campos sojeros de alrededor. Hace veinte años esa agua era pura.
Como no sé quién es el exacto responsable de este horror, entonces digo que es la soja. Porque en los viejos campos de algodón, tabaco, girasol o trigo que había en el Chaco trabajaban familias enteras para cultivar cada hectárea. Pero ahora un solo tractorista puede con 300 o 400 hectáreas de campo sojero y eso se traduce en la desocupación a mansalva y el amontonamiento de nuevos indigentes en las periferias de las ciudades de provincia. A esto lo ve cualquiera en las afueras de Resistencia, Santa Fe, Rosario y muchas ciudades más.
Aun admitiendo por un momento que quizás no sea la soja específicamente la responsable, hay una agricultura industrial –tu artículo elogia su presente y sus posibilidades– que es la que está cometiendo otros crímenes ambientales. Ahí está, como ejemplo, la represa que intereses arroceros –al parecer dirigidos por un tal Sr. Aranda, del Grupo Clarín– están haciendo o queriendo hacer en el Arroyo Ayuí, en Corrientes. Esa represa va a cubrir unas 14.000 hectáreas de bosques naturales, va a tapar uno de los ríos más hermosos del país con un ecosistema hasta ahora virgen, y, lo peor, va a contaminar todo el acuífero de los Esteros del Iberá con pesticidas y químicos para producir arroz, soja o lo que China necesite.
¿Se entiende este punto de vista, Gustavo? Yo entiendo el tuyo y comparto que nuestro país “necesita una estrategia de desarrollo con una visión de largo plazo” dado que estamos frente a una extraordinaria oportunidad. De acuerdo en eso. Pero no a cualquier precio. No si nos va a dejar un país ambientalmente arrasado. Nos vamos a quedar sin pampa, sin sabanas donde pacer el ganado, sin el agua potable que es el tesoro mayor que tiene el subsuelo argentino y que ya, también, destruye una minería descontrolada.
Tu nota subraya “la oportunidad que tenemos”, pero ¿qué desarrollo y qué sustentabilidad tendrán las futuras generaciones de argentinos sobre un territorio desertificado en enormes extensiones, un subsuelo glifosatizado y con las aguas contaminadas con cianuro, arsénico y una larga lista de químicos letales que ya es pública y –sobre todo– notoria?
Tampoco es cierto que “los beneficios están presentes en el conjunto de la sociedad”, porque si así fuera y con las gigantescas facturaciones sojeras no tendríamos las desigualdades que tenemos. Que no son sola culpa del Gobierno, la corrupción o los políticos. Son el resultado de una voracidad rural que a estas alturas está siendo, por lo menos, obscena.
Como bien decís, el desacuerdo no puede reducirse a soja sí o soja no. Eso sería, en efecto, “empequeñecer el horizonte”. Pero entonces gente sensible como vos –y me consta tu sensibilidad y creo que no pertenecés a la clase de neoempresarios argentinos que no ven más allá de su cuenta bancaria y son incapaces de tener más ideas que las que les dictan los economistas que les sacan la plata– gente como vos, digo, debería hacer docencia para que tengamos, si ello es posible, grandes producciones de soja pero no a cualquier precio.
Soja sí, entonces, pero no si se descuidan el medio ambiente y el agua. No sin desarrollar alternativas verdaderas para los miles de campesinos que han sido y están siendo expulsados de sus tierras de modos brutales o sutiles. No si los sojeros siguen eludiendo impuestos y negreando a sus empleados. No si las grandes empresas semilleras o herbicidas siguen comprando medios y periodistas para que mientan a cambio de publicidad.
No todo es soja sí o soja no, de acuerdo. Pero tampoco la declaración de idealismo e inocencia que se lee en tu artículo.
Si querés lo seguimos discutiendo. Vos sos un experto. Yo apenas un intelectual. Capaz que enhebramos buenas ideas para el país que amamos.
Un cordial saludo.