24 de agosto de 2010

RENTABILIDAD DE LAS ALIMENTARIAS

La AFIP inició una serie de informes sobre sectores empresarios. Las alimentarias registran ganancias por arriba de la media
Por David Cufré
El aumento de precios de los alimentos a partir de 2007 le permitió a ese sector empresario más que duplicar sus márgenes de rentabilidad, hasta ubicarse en la actualidad muy por arriba del promedio de la economía. Las firmas de ese rubro obtuvieron en promedio ganancias en el año fiscal 2009 equivalentes al 9,1 por ciento sobre activos, contra el 6,2 por ciento del conjunto de la economía. Así lo precisa un informe publicado ayer por la AFIP, organismo que inauguró con ese documento una serie de investigaciones sobre distintos sectores de la economía. El valor añadido del trabajo es que está elaborado en base a datos oficiales, que surgen de las declaraciones de impuestos de las empresas ante el organismo.
La rentabilidad de las empresas alimentarias llegó a niveles extraordinarios en 2008, cuando se dispararon los precios internacionales de los granos. El Gobierno intentó entonces morigerar el impacto de esa escalada a través de la Resolución 125 de retenciones móviles, pero –como se sabe– la medida fue desactivada por el Congreso. En consecuencia, la rentabilidad del rubro trepó hasta 12,9 por ciento sobre activos, cuando la media de la economía fue de 7,0 por ciento. La suba de retenciones hubiera ayudado a desacoplar –aún más– los precios internos de los valores internacionales. Esta cuestión no parece contemplada en los proyectos de la oposición de rebaja de derechos de exportación a partir del vencimiento de las facultades delegadas.
En el año fiscal 2007, en el inicio del proceso de suba internacional de los alimentos, las ganancias del sector en la Argentina ya habían alcanzado un nivel elevado: 9,7 por ciento, contra 7,1 del global de la economía. Ese año fue cuando la inflación empezó a crecer en el país y el rubro alimentos estuvo entre los más activos.
Muy distinta era la situación antes de que China e India aparecieran como grandes demandantes de alimentos, cada vez con más peso, sacudiendo el mercado y el nivel de precios global. En 2006, las empresas locales de alimentación ganaron en promedio 4,5 por ciento, cuando el promedio de la economía fue mayor, 6,8 por ciento. Y en 2005 se dio la misma relación: 4,4 para las alimentarias contra 6,4 de la economía.
El sector registró ventas por 147.579 millones de pesos durante el año fiscal 2009, las cuales representaron el 10,1 por ciento del total de la economía. Los impuestos determinados llegaron a 2220 millones de pesos. El universo de empresas declaradas de la alimentación es de 4365, de las cuales 2211 son microempresas (el 50,7 por ciento del total), 1158 son pequeñas (26,5 por ciento), 722 medianas (16,5) y 274 grandes (6,3). Estas últimas, sin embargo, son responsables del 86,1 por ciento de la facturación del sector, contra un lejano 10,8 por ciento de las medianas, un 2,7 de las pequeñas y un 0,5 de las microempresas.
El plantel de trabajadores del sector se ubicaba a mediados de este año en 294.570 declarados, sobre los 290.587 de 2009 y los 283.578 de 2008. En 2005 eran 239.255. La remuneración promedio del sector se encuentra en 4103 pesos. Los trabajadores de la alimentación consiguieron este año un ajuste salarial del 35 por ciento, que se explica al compararlo con los niveles de rentabilidad del rubro. Aun así, el costo salarial total –sumando remuneraciones brutas y contribuciones a la seguridad social– representa sólo el 10,7 por ciento sobre ventas.

Respuesta a Grobo II

Mempo Giardinelli fue el promotor del debate sobre el modelo agrario basado en la soja con una carta abierta al empresario Gustavo Grobocopatel, uno de los principales productores de soja del país. A partir de esa misiva hubo una serie de intercambios con la participación de otros protagonistas. Aldo Ferrer intervino, con la inmediata réplica de Grobocopatel, a quien le respondió nuevamente el prestigioso economista.

Por Aldo Ferrer
Estimado Gustavo:
Tu respuesta a mi carta anterior plantea cuestiones importantes que merecen ser analizadas. Son las siguientes:
Tipo de cambio y retenciones. Apelando a la experiencia brasileña, sugerís que la mejor política es un tipo de cambio bajo sin retenciones. Nuestra experiencia no ratifica la propuesta ni, tampoco, la brasileña. Aquí tuvimos esa política bajo el régimen de “la tablita” a fines de la década del ’70 y, en el de la del ’90, con el de la convertibilidad. En aquel entonces, la producción del agro no creció y, en la última, aumentó a una tasa anual del 2,0 por ciento. Pero después del 2002, con retenciones, el agro creció el doble. ¿Por qué sucede esto? Por múltiples razones. Entre otras, que un régimen de tipo de cambio bajo sin retenciones provoca fuertes desequilibrios en la macroeconomía, déficit en los pagos internacionales, insolvencia fiscal, aumento de la deuda y, consecuentemente, vulnerabilidad, incumplimiento de los contratos e inseguridad jurídica. Ese fue el epílogo de la tablita y la convertibilidad. El campo sufre, como el resto del sistema, las consecuencias de una mala política macroeconómica. En la actualidad, con una economía sustentada en sus propios medios, con superávit en sus pagos internacionales, solvencia fiscal y reservas en el Banco Central, el agro crece con un tipo de cambio competitivo y retenciones que son compatibles con su rentabilidad y desarrollo.
El mejor espejo donde mirarnos en esta materia no es Brasil sino los “tigres asiáticos”, como Corea, Taiwán y China. Todos ellos han sustentado su transformación productiva en políticas activas de industrialización, educación, impulso a la ciencia y la tecnología e industrias de frontera y tipos de cambio competitivos. Como lo revela la experiencia de los países emergentes exitosos, la paridad adecuada de la moneda nacional no es una condición suficiente del desarrollo pero sí una condición absolutamente necesaria.
En Brasil, la apreciación del tipo de cambio que evita las retenciones, el resultado macroeconómico es mediocre. Desde el 2002 a la fecha, a juzgar por el desempeño de las dos economías, salvo en materia de inflación, la política argentina es mejor que la brasileña. En el período, el PBI argentino aumentó el 60 por ciento y el brasileño, el 30 por ciento. Respecto de la inversión, en Brasil es del orden del 18 por ciento del PBI, y en Argentina está cerca de sus máximos históricos del 24 por ciento. Frente a la crisis mundial, nuestro país respondió con tanta o mayor fortaleza que Brasil. En este escenario, el gobierno del presidente Lula consolidó los ejes del poder nacional de su país y desplegó, sobre la base de una presión tributaria mayor que en la Argentina, importantes y exitosos programas de inclusión social. De todos modos, existe en Brasil una fuerte polémica sobre las bondades de la política de un real sobrevaluado y altas tasas de interés. Pero la comparación de Argentina con Brasil no se agota en el contrapunto de las dos realidades en la actualidad. Ambas se basan en una trayectoria y esto me lleva al segundo comentario sobre tu carta.
Brasil. En el período de predominio de la estrategia neoliberal en la Argentina (desde el golpe de Estado de 1976 hasta la crisis terminal del 2001/02), el PBI total aumentó en 27 por ciento y el per cápita cayó en 10 por ciento. En el mismo período, el PBI del Brasil aumentó 120 por ciento y el per cápita en 30 por ciento. En 1975, el PBI argentino representaba casi el 50 por ciento del brasileño, en 2002 apenas superaba el 25 por ciento.
Entre tanto, el Estado brasileño consolidaba el desarrollo de Petrobras, promovía la conversión de Embraer en la tercera productora de aeronaves del mundo, impulsaba el desarrollo de las empresas “campeonas” nacionales en la infraestructura y en industrias de base y sustentaba el financiamiento en poderosos bancos públicos, en primer lugar, el Banco Nacional de Desarrollo, que en la actualidad aporta el 20 por ciento del total del crédito en la economía, enfocando sus préstamos a los sectores estratégicos. En la Argentina, en el mismo período, además de la tragedia de la violencia y el terrorismo de Estado, sufrimos la guerra y la derrota en Malvinas y una política sistemática, durante la dictadura y en la década del ’90, de desmantelamiento del poder nacional. Se vendieron y extranjerizaron YPF, la fábrica de aviones de Córdoba, las empresas públicas y las mayores privadas nacionales, se disolvió el Banco Nacional de Desarrollo (creado en 1970 durante mi desempeño en el Ministerio de Economía) y se endeudó el país hasta el límite de la insolvencia. Esta serie de calamidades demolió buena parte de la capacidad industrial del país, como lo demuestra el hecho asombroso de que, entre 1975 y 2002, el producto industrial per cápita cayó en 40 por ciento. Las consecuencias sociales fueron abrumadoras. Es en ese escenario, tan diferente entre los dos países, donde tuvo lugar, en Brasil, el desarrollo de la producción de pollos y otros rubros de la industria mencionados en tu carta. Nuestro atraso relativo respecto de Brasil viene de antes. Esta década, la tendencia comenzó a revertirse y podremos seguirlo haciendo si se consolida una visión y una política nacional del pleno despliegue del potencial argentino.
El Estado. Celebro que desde el sector privado surja una voz como la tuya, destacando el papel fundamental de las políticas públicas y proponiendo una reforma fiscal que genere recursos y los canalice al desarrollo económico y social. Es, en efecto, preciso una reforma tributaria que le dé equidad al sistema y recursos para proveer de los bienes públicos indispensables para el desarrollo y la inclusión social. No comparto tus dudas sobre la capacidad del Estado de administrar un régimen de retenciones flexibles, atendiendo a las variaciones en los mercados. Si el Estado es el que justificadamente reclamas, administrar ese instrumento es una tarea menor y, desde ya, cuenta con esa habilidad para ponerla en práctica.
En resumen, el futuro del campo y de toda la cadena agroindustrial depende del pleno desarrollo de la economía argentina, la consolidación de la soberanía y de la capacidad de decidir nuestro propio destino en el mundo global, la inclusión social y la consolidación de la democracia y, en su seno, la resolución de los conflictos de una sociedad pluralista como la nuestra. Comparto tu confianza en el potencial del país, en sus trabajadores y empresarios creadores de riqueza y en la inteligencia argentina. Hemos demostrado nuestra capacidad de emprender las actividades más complejas, como lo hacen, por ejemplo, el Invap fabricando reactores nucleares o, en el agro, los Grobo. Tenemos también los recursos financieros necesarios con una tasa de ahorro que alcanza a casi el 30 por ciento del PBI, equivalente a más de 100 mil millones de dólares anuales. No tenemos que andar buscando plata afuera, sino convencernos de que el lugar más rentable y seguro para invertir el ahorro interno es la Argentina.
Si la opinión predominante en el campo termina de convencerse de que el sector no es un apéndice del mercado mundial, sino un sector fundamental de una economía nacional, plenamente desarrollada, desde el campo hasta la industria, desde la Pampa hasta las regiones más remotas del inmenso territorio nacional, será un gran aporte para poner al país que realmente tenemos ahora a la altura del país posible, cuya construcción comenzó en mayo de 1810 y aún está inconclusa.

Vuelve a bajar la desocupación

Resultados del segundo trimestre 2010

Tasa de desocupación 7,9%: calculada como porcentaje entre la población desocupada y la población económicamente activa
Población desocupada 898.000 personas: se refiere a personas que, no teniendo ocupación, están buscando activamente trabajo en el área de referencia lacanzada por la EPH que es aproximadamente el 60% del total de la población (24,8 millones de personas).
Corresponde a desocupación abierta. Este concepto no incluye otras formas de precariedad laboral tales como personas que realizan trabajos transitorios mientras buscan activamente una ocupación, aquellas que trabajan jornadas involuntariamente por debajo de lo normal, los desocupados que han suspendido la búsqueda por falta de oportunidades visibles de empleo, los ocupados en puestos por debajo de la remuneración mínima o en puestos por debajo de su calificación, etc. Estas modalidades son también relevadas por la EPH, como indicadores separados.
Población económicamente activa 11,4 millones de personas: la integran las personas que tienen una ocupación o que sin tenerla la están buscando activamente. Está compuesta por la población ocupada más la población desocupada.

23 de agosto de 2010

dos modelos

La riqueza del debate publicado en Página/12 residió en que quedó claro que lo que realmente estaba en discusión al hablar de retenciones no era una simple cuestión tributaria, sino el modelo de desarrollo.
Por Claudio Scaletta
Gustavo Grobocopatel es el productor sojero por antonomasia de la Argentina. Como tal, es ensalzado por la derecha política y mediática y también por la vasta academia de negocios, local e internacional, que lo centra como el paradigma del emprendedor y la conjunción de virtudes logradas y potenciales de los agronegocios. Como todo empresario exitoso y que, a diferencia de la media de los grandes empresarios argentinos, tiene a la vez una formación académica que lo respalda, Grobocopatel está muy seguro de sí mismo. Tiene con qué: no le faltan resultados ni halagos. Pero a diferencia de sus pares, a Grobo le gusta salir del gallinero. Su seguridad, el convencimiento en lo que hace y, quizá, su impronta ancestral, lo llevan a encontrar placer en el debate. Un dato adicional. Para la mayoría de los periodistas consultar a cualquier empresario top es más arduo que hacerlo con un ministro de la Nación. Normalmente supone atravesar una maraña de presuntos expertos en comunicación. Grobocopatel, en cambio, suele atender personalmente su celular. El dato marca su estilo. Debe saludarse y celebrarse, entonces, esta práctica de ruptura con la endogamia habitual de la vasta casta empresaria local, de norma antiintelectual y sólo propensa a aparecer, tras pactar contenidos, en los medios del palo.
Gracias a esta actitud de Grobocopatel, en los últimos días los lectores de Página/12 tuvieron el placer de asistir en primera fila a un rico debate de ideas, un intercambio con picos de calidad, no exento de algunos lugares comunes, como los prejuicios antitecnológicos que a nivel global difunde la multinacional Greenpeace, funcional a los intereses de los subsidiados productores agrarios europeos, o los de la mitología procampo sobre las infinitas posibilidades que presentan los agronegocios a los realmente emprendedores, sin dejar de lado, por supuesto, el clásico del efecto multiplicador del agro sobre el conjunto de la economía.
Si bien las retenciones fueron el inevitable telón de fondo, la riqueza del debate residió en que quedó claro que lo que realmente estaba en discusión al hablar de retenciones no era una simple cuestión tributaria sino el modelo de desarrollo. Por más que cotidianamente el bloque agromediático insista en que las retenciones son una cuestión impositiva que agobia a un sujeto agrario inexistente, como lo es el “pequeño productor sojero”, lo que se discute es otra cosa. La economía local enfrenta en el presente el mismo desafío que en el siglo XIX: frente al ciclo alcista de los precios internacionales de los commodities, vuelve a presentarse la opción de ser un proveedor mundial de materias primas. En el siglo XIX el ciclo alcista fue determinado por la revolución industrial inglesa. En el presente, por las revoluciones industriales asiáticas.
Frente a esto Grobocopatel es explícito: el “granero” del mundo debe ascender ahora a “góndola” planetaria. Este es el modelo. No es exégesis. Es lo que taxativamente se afirma.
Y ya que se habla de dilemas decimonónicos, en el siglo XIX la teoría económica, más precisamente David Ricardo, no sólo ofreció respuestas tan luminosas como la renta diferencial de la tierra, sino que también aportó las bases que justificaron la división internacional del trabajo y, al hacerlo, identificó el instrumento de ajuste de las distintas productividades sectoriales: el tipo de cambio. Las retenciones, precisamente, se basan en ello: en el establecimiento de tipos de cambio diferenciales para, otra vez Ricardo, romper las “ventajas comparativas” estáticas.
Sin retenciones, el tipo de cambio real sería determinado por el sector con mayor productividad de la economía, con lo que se apreciaría notablemente y licuaría la ganancia adicional obtenida por los exportadores agrarios que fueron liberados de las retenciones. Ingeniero agrónomo con un posgrado en suelos, probablemente Grobocopatel no sepa sobre estas minucias de economistas. O quizá sí lo sepa, pero no le importe. Finalmente, desde tiempos inmemoriales lo único que le interesa al sector agropecuario es el precio pleno en dólares. Claro que si tal apreciación cambiaria se produjese, se dejaría en el camino la diversificación productiva. Como el agro, en la más optimista de las proyecciones, sólo genera un tercio del empleo directo e indirecto, dos tercios del país mirarían su magnificencia por la ventana. En ese caso, esta vez con causa, la “seguridad” se convertiría en el centro excluyente de la agenda mediática.

Educación para Todos

Por Gerardo De Santis (Director del CIEPYC)
La importancia del conocimiento ya fue reconocida socialmente en la Roma del siglo V a.C., cuando los gobernantes permitían radicarse en esa ciudad a personas provenientes de distintas regiones (perseguidos, excluidos), de cuya mano se introdujeron los saberes de cada pueblo. Roma se convirtió así en la ciudad más “cosmopolita” en materia de conocimientos de la época, lo que le permitió sobreponerse a los otros poblados de la región, dominar la zona central del actual territorio de Italia en el siglo III a.C. y transformarse después en el imperio más importante de la época.
En los últimos 200 años el capitalismo muestra una aceleración en su expansión. En cada etapa de desarrollo, una nación “juega el papel de líder”, Gran Bretaña en el período 1800-1914 y Estados Unidos desde 1945. En cada período, un reducido grupo de países se acerca al país líder: Alemania, Estados Unidos, Suecia, Dinamarca y Japón en la etapa 1800-1914 y Corea, Taiwán, Hong Kong, Singapur y China desde 1945 al presente. También se podría agregar en esta segunda etapa a Canadá, Australia, Tailandia, Indonesia y Malasia. Los rasgos comunes para todos los países que lograron acercarse al país líder de cada etapa, o superarlo, fueron la generación de ventajas competitivas dinámicas sustentadas en la educación y el cambio tecnológico. Dicho cambio fue un proceso endógeno y no una “importación” de otra nación, se basó en copiar, adoptar, innovar y difundir a toda la sociedad esos conocimientos.
La experiencia de los países desarrollados es que logran modificar el destino del excedente, reduciendo la parte destinada a alimentar la estratificación social y mantener o aumentar la orientada a la acumulación en el sistema productivo. En los países subdesarrollados se conformó una estructura económica dual. Una coexistencia de sectores: uno de alta productividad, capital intensivo, que se encuentra a la altura de los países desarrollados, y otro de “subsistencia”, en el que actúa una gran cantidad de población que es subempleada, que participa en actividades en las que no hay acumulación productiva y por consiguiente tampoco aumenta la productividad ni los niveles de ingreso. Esta estructura dual se reproduce y amplía, ya que el excedente es acumulado productivamente en el sector avanzado o destinado a financiar la estratificación social y la acumulación improductiva.
En una sociedad dual la mayor fracción del excedente es apropiada por el sector moderno y es destinada a financiar consumo suntuario, a mejorar la formación de sus miembros o a ampliar la capacidad productiva del sector dinámico, mientras que el resto de la sociedad alcanza niveles de consumo mínimos, no logra mejorar la preparación de sus miembros ni puede invertir para ampliar la capacidad de producción en la actividades en que participa.
Para la visión estructuralista original, las economías latinoamericanas presentan como una de sus características una marcada heterogeneidad tecnológica o existencia de sectores de alta productividad con sectores con abundante ocupación de mano de obra a niveles próximos a la subsistencia. Para Raúl Prebisch, las principales tendencias perversas en los países periféricos eran el desequilibrio estructural de la balanza de pagos y también una tendencia estructural a la inflación. Mientras que Celso Furtado consideraba a ambas, pero hacía hincapié en la tendencia a la preservación de una economía dual y su consiguiente impacto sobre la desigual distribución del ingreso. Probablemente esta diferencia radique en que Prebisch era argentino y Furtado brasileño, cuando Argentina era un país bastante integrado socialmente y con baja desigualdad en la distribución del ingreso, y Brasil era uno de los países más desiguales de Latinoamérica.
Durante la etapa de sustitución de importaciones, que llevó a la economía argentina al pleno empleo, se hizo efectiva la generalización de los derechos de los trabajadores, su incorporación al sector formal de la economía y la recomposición de los salarios reales. Además, se fortaleció un sistema educativo ampliamente difundido y orientado (escuelas técnicas), lo que dio como resultado una sociedad integrada, con alta movilidad social y con diferencias de distribución del ingreso similares a los mejores países, en este aspecto, de Europa. ¿En qué se parece la Argentina de 1963 o de 1974 a esta descripción-diagnóstico de la visión estructuralista de economías duales, estratificación social y desigualdad en la distribución del ingreso? En poco.
En los 25 años que van desde 1976 a 2001, en los que predominó la aplicación de políticas neoliberales, la Argentina dejó de ser aquella sociedad integrada. Se hicieron “todos los esfuerzos” para que nuestro país se acercara al resto de Latinoamérica y exhibiera también dentro del propio país dos sociedades. Dos sectores productivos: uno pujante, inserto en el comercio mundial, con aumento de productividad y de salarios, con preeminencia de trabajadores calificados; y otro con baja productividad, sin inversión, con baja productividad, bajos salarios y abundancia de trabajadores informales, una economía de subsistencia.
A esta economía dual se orientó también nuestra educación: un sistema educativo dual. Uno administrado privadamente, de mejor nivel y con llegada a la educación superior (arancelada y también restrictiva), y otro público, cuyo objetivo más importante fue la contención de los jóvenes y que relegó la capacitación y el aprendizaje. Sólo se instruía en conocimientos básicos y generales. La contención no era sólo de alumnos, la actividad docente fue degradada, desprestigiada, mal remunerada y terminó actuando como un “seguro de desempleo encubierto” o como única salida laboral.
El nuevo modelo instrumentado paulatinamente desde 2003 ha cambiado sustancialmente las cosas. El crecimiento económico sostenido ha provocado la generación de una notable cantidad de puestos de trabajo, seguramente su mejor virtud. Pero además se debe resaltar que la mayor parte del empleo generado es empleo pleno, formal y con una alta participación de trabajo calificado. Debe señalarse que en 2009 la inversión en educación ha superado el 6 por ciento del PBI, repunte que arrancó en 2004, cuando era de 4,1. Consolidar la situación presupuestaria, continuar con la recuperación salarial, corregir heterogeneidades jurisdiccionales, avanzar en la capacitación docente, continuar con la ampliación en infraestructura y equipamiento y generalizar la doble escolaridad en el nivel primario son los desafíos hacia el futuro. Por último, una tarea de todos: reinstalar el valor de la educación en la sociedad.

Publicado en el suplemento Cash del diario Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/cash/33-4572-2010-08-23.html

22 de agosto de 2010

La agonía

Por Alfredo Zaiat

“Designado profesor en una escuela de Baeza, Machado llegó a la ciudad hispánica y se presentó en el colegio en busca del rector; la escuela estaba cerrada y a su llegada apareció el portero, quien le dijo:
“–El señor rector está en este momento en la agonía”.
Al oírlo, Machado se acongojó y preguntó:
“–¿Tan grave es el mal?”
“–Nada de eso –le contestó el portero. El señor rector está en su tertulia, en el Círculo de Labradores. Y aquí, lo llamamos a ese círculo ‘La Agonía’, porque los labradores siempre se están quejando”.

Este párrafo extraído del libro De Memoria. Pantalones cortos, de Arturo Jauretche, publicado en diciembre de 1972 por la Editorial Peña Lillo, es una necesaria introducción para el debate inaugurado por Mempo Giardinelli con el empresario del agro Gustavo Grobocopatel en las páginas de este diario. Esa polémica ya ha tenido un par de intercambios, con una intervención ilustrada de Aldo Ferrer. El autor del clásico La economía argentina ha brindado una lección de política económica en su misiva a uno de los más grandes productores de soja del país. Es una carta que aporta claridad a una puja política mediática alimentada de confusión por los principales actores de la actividad agropecuaria acompañados en ordenada fila por representantes de fuerzas políticas de origen diverso. Ferrer le explicó a Grobocopatel, con serenidad de profesor, que desvincular las retenciones del análisis del tipo de cambio es una falta generalizada, lo que reduce equivocadamente la cuestión a su impacto en la distribución del ingreso. Con los derechos de exportación a la producción primaria lo que está en juego es la estructura productiva y el desarrollo económico, remarcó Ferrer. Es muy sencillo de entender con poco esfuerzo sin necesidad de mencionar en forma parcial experiencias en Finlandia, Brasil o Chile, incluidas en la réplica de Grobocopatel.
Para avanzar en el desafío que propone Ferrer, se rescata uno de los documentos más relevantes de Marcelo Diamand, también empresario y lúcido pensador de la realidad económica. Es el ensayo publicado en 1972 en la revista Desarrollo Económico, bajo el título “La estructura productiva desequilibrada. Argentina y el tipo de cambio”, Diamand sostenía que el desequilibrio de la estructura productiva argentina se debe a la existencia de dos sectores con realidades muy diferentes: el agropecuario, que goza de ventajas naturales y una productividad particularmente alta, y un sector industrial, con una productividad mucho menor. En base a esa premisa, afirmaba la necesidad de adoptar tipos de cambios diferenciales, con un dólar más alto para la industria, que la proteja razonablemente e incentive su desarrollo exportador. Ese tipo de cambio industrialista se obtiene hoy mediante retenciones al sector agropecuario, siendo una de las herramientas propuestas por Diamand. También mencionaba la opción del desdoblamiento cambiario o la de reintegros a la exportación industrial. Destacaba que el hecho de que el tipo de cambio se determine en base al sector más productivo se convierte en el determinante central de la falta de exportaciones industriales, lo que inicia la cadena de acontecimientos que culmina con las crisis y con el estancamiento argentino. Diamand señala que este factor central del cual derivan las múltiples deformaciones de la economía argentina no refleja ninguna ley de naturaleza, sino que se arrastra por tradición desde las estructuras productivas desequilibradas. Aconsejaba que “cualquiera que sea el esquema cambiario tiene que cumplir una condición: tiene que existir un consenso a nivel de los sectores dirigentes de que se está tomando una medida en la estructura real de productividades y no de un estímulo temporario otorgado de lástima a una industria ineficiente. Unicamente en este caso se podrá hacer una promoción realmente enérgica y además darle el carácter verdaderamente estructural y permanente a la medida”.
Ferrer continúa con ese legado reflexivo de Diamand al escribir en la carta abierta a Grobocopatel que “para el único fin para el cual las retenciones son insustituibles es para establecer tipos de cambio diferenciales, que es lo que realmente importa para la competitividad de toda la producción interna sujeta a la competencia internacional”. Esta problemática no es exclusiva de la economía argentina. Todos los países utilizan variadas herramientas de política económica (aranceles, subsidios, tipo de cambios diferenciales) para administrar el impacto de los precios internacionales sobre las realidades internas, con el objetivo de defender los intereses “nacionales”, señala Ferrer. Para adelantar que “el pleno desarrollo del país irá eliminando los actuales desequilibrios y transformando la formación de los precios relativos, lo cual permitiría unificar el tipo de cambio, eliminar las retenciones y emplear otros instrumentos para ‘administrar’ las señales que transmite el mercado internacional”.
En la carta de respuesta, Grobocopatel afirma que es partidario de reemplazar las retenciones, no de eliminar el pago de impuestos. Se refiere a la propuesta del pago a cuenta del Impuesto a las Ganancias o de aplicar un tributo a la tierra. Uno de los productores referentes del país e integrante como vocal de la Asociación Empresaria Argentina (AEA) por Los Grobo Agropecuaria minimiza así el grave problema de evasión del sector. Respecto al grado de cumplimiento con el fisco, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner reveló unos datos sorprendentes la semana pasada. En un extenso discurso de casi una hora, interrumpido por tibios aplausos en cinco oportunidades y un sexto de despedida, en el 126º aniversario de la Bolsa de Comercio de Rosario, cuya actividad principal es la compraventa de granos, la primera mandataria detalló que el año pasado el sector alimentos facturó, según declaraciones juradas presentadas a la AFIP, 147.569 millones de pesos.
Con un conflicto sectorial que se arrastra desde hace poco más de dos años, las cifras expuestas en la casa bursátil de los hombres de negocios del agro adquieren una relevancia ocultada por gran parte de la prensa. Resultan muy ilustrativos los siguientes números expuestos en ese amigable auditorio:
- En los 147.569 millones de pesos facturados en el rubro alimentos están excluidos los despachos de bebidas, vino, exportación primaria de granos.
Son ventas realizadas por el complejo oleaginoso, carnes, hortalizas, frutas, lácteos, molinos harineros.
- ¿Cuánto se recaudó por el Impuesto a las Ganancias de esa actividad?: apenas 2120 millones de pesos.
- Por derechos de exportaciones en esos rubros ingresaron al fisco 17.500 millones de pesos.
Las ventas al mercado externo sumaron 77.000 millones, que tributaron 1900 millones de Ganancias y el monto mencionado por retenciones.
- En cambio, las ventas por 67.000 millones de pesos al mercado interno sólo derivaron en un pago de Ganancias por apenas 220 millones de pesos.
Son cifras notables de la elevada evasión de la actividad agropecuaria. Una condición indispensable para profundizar un debate necesario sobre las retenciones, la soja, el medio ambiente, los precios internos y la estructura productiva y el desarrollo nacional es cumplir con la responsabilidad fiscal básica de pagar impuestos.

El juego del ochenta y dos

Por Mario Wainfeld
La táctica opositora, en pos del veto. Argumentos sin fondos sustentables. El dilema de Proyecto Sur. Las contribuciones patronales, una propuesta válida y desechada. Y apuntes sobre reformas necesarias en un contexto propicio.


En la década del ’60, en un programa cómico de la tele, el actor Rafael Carret componía a un simpático viejito “tano”, “jubiliado” él. Amén de ser tomado de punto por un alemán que interpretaba Vicente Rubino, el personaje del Pato Carret rezongaba todas las semanas porque no se le pagaba “el ochenta y dos por asiento” y porque no se le reconocían aportes por varios años de trabajo, conduciendo un tranvía.
Algo más cerca en el tiempo, pero también en el siglo pasado, en 1995, el sociólogo francés Pierre Rosenvallon escribió el libro La nueva cuestión social. Proponía “repensar el Estado providencial”, que ya entraba en su ocaso. Señalaba, entre otras cuestiones, “el progresivo financiamiento fiscal de los gastos sociales” que mutaba el paradigma de los sistemas contributivos. En Francia, se subraya, cuyo Estado benefactor tiene raíces añejas y profundas.
En nuestros días, en toda Europa se aumenta la edad de retiro y se restringen las prestaciones. El problema no es nativo ni comenzó en esta semana. Abordarlo seriamente es un severo desafío, que la contingente mayoría opositora en Diputados sustituyó por un simulacro.
Se votó una ley declamativa, concisa como un boceto, escrita entre gallos y medianoche, sin hacerse cargo de los dilemas que plantea su sustentabilidad en un plazo que trascienda el año que viene. Peor todavía: sin mencionar siquiera la fuente de financiamiento de la mayor inversión resultante.
El oficialismo despotrica al respecto, con razón. Pero tampoco recoge el guante de asumir la precariedad en el mediano plazo del valioso esquema de salida de emergencia construido como las viejas casas chorizo: agregando habitaciones año tras año. Aducir o prometer que la Argentina seguirá aumentando año a año la masa de jubilados y sus haberes, sin cambios sustanciales en el sistema impositivo, es una utopía irrealizable.

Repartir las cargas
Modificar el sistema impositivo, (re)incorporando tributos progresivos, le agrega calidad al debate. El centroizquierda mantuvo ese discurso y esa moción, que tiene congruencia conceptual e ideológica. Lo hicieron tanto Proyecto Sur y sus aliados cuanto los partidos más afines o transigentes con el oficialismo. Pero les faltó la fuerza, la maña o la posibilidad (habría que ver) para hacer valer su potencial conjunto.
Los diputados liderados por Fernando Solanas toparon con un dilema tradicional: acompañar al Grupo A en una ley chirle, inconsistente y derechosa por su afán de preservar al capital o empacarse en sus trece, restando quórum si no se aprobaba el financiamiento. En el primer caso, eran funcionales al aglomerado de centroderecha pero quedaban a cubierto de la sospecha de serlo al kirchnerismo. Fue su opción, ante una disyuntiva inconfortable. Dejaron a salvo en el recinto una diferencia que no incidió en el resultado, antes bien lo garantizó.
El razonamiento de Proyecto Sur es que, sin tener los votos, se instaló la bandera del 82 por ciento. Podrá ser. El episodio también revela algo que esa fracción del centroizquierda no termina de reconocer. El Grupo A, que en este caso contaba con muchos más diputados de los imprescindibles, está herméticamente cerrado a medidas progresivas o a rozar la delicada epidermis de la colita de los poderosos.
En el cuadro de situación vigente, cualquier norma exige para su aprobación la amalgama de fuerzas diferentes. Cuestionar a Proyecto Sur por bascular entre unas y otras es excesivo. Pero esa fuerza yerra al no percatarse que tributos como las cargas patronales sólo llegarán a ser realidad efectiva si el Frente para la Victoria se vuelca para ese lado, tal como hizo con la reestatización del sistema jubilatorio, con la Ley de Medios Audiovisuales o con el matrimonio igualitario. Inclinarse hacia la otra facción no gana terreno.
Cierto es que, respecto de las cargas patronales, el oficialismo no las tiene todas consigo. La Casa Rosada y Economía no acompañan la iniciativa, porque suponen que no es el momento. Su discurrir se parece demasiado al discurso noventista que refutan a diario. Y la deuda en materia de progresividad fiscal ya acumula años, en un marco de crecimiento sostenido

20 de agosto de 2010

jornadas monetarias y bancarias 2010





Jornadas Monetarias y Bancarias 2010

Programa preliminar

Soja, retenciones y la “góndola del mundo”

Por Aldo Ferrer
La producción de soja es actualmente el componente más dinámico del sector agropecuario argentino. Contribuye al aumento de las exportaciones y la demanda interna y al crecimiento de la economía nacional. En la actividad tienen lugar algunas de las principales transformaciones del agro, como la siembra directa, el empleo de agroquímicos y los llamados “paquetes tecnológicos”. La llamada “agricultura de precisión”, que opera en la frontera tecnológica del agro mundial, se refiere principalmente a la soja. Su expansión ha transformado el uso del suelo, las cadenas de valor y la organización de los factores de la producción. La ampliación de la frontera de la soja transfigura la estratificación social del campo y crea nuevos grupos de gran poder económico en que convergen el liderazgo empresario, las tecnologías de punta, la reorganización de los mercados y el financiamiento de todo el ciclo productivo.
Es comprensible que un proceso de semejante magnitud provoque conflictos de intereses y visiones encontradas sobre sus consecuencias sobre el desarrollo, la protección de la naturaleza y el medio ambiente, el bienestar social y la ubicación del país en la globalización. Sobre esto último cabe destacar el impacto de los cambios en el orden mundial sobre la realidad argentina. En efecto, la actual revolución industrial de China e India implica la incorporación de centenares de millones de personas a las cadenas de valor y los mercados transnacionales. Una de sus consecuencias es el aumento de la demanda de alimentos y materias primas y la elevación de sus precios. Precisamente, uno de los ejemplos notables es la soja y sus derivados.
No es la primera vez que se registra un hecho semejante. A mediados del siglo XIX, la primera Revolución Industrial, bajo el liderazgo de Gran Bretaña, también provocó el aumento de la demanda internacional de productos primarios y la valorización de los recursos naturales. La Argentina se incorporó al nuevo orden mundial como un proveedor de alimentos y materias primas e importador de manufacturas y capitales. Fue el estilo de desarrollo que mucho después, en la década de 1940, Raúl Prebisch denominó “centro periferia”. A medida que el país fue creciendo, el modelo le fue quedando chico. Además, era incompatible con el despliegue del potencial argentino y la incorporación del conocimiento que requería, simultáneamente, integrar las cadenas de valor del agro y de­sarrollar las ramas industriales portadoras de la ciencia y la tecnología, incluida la producción de maquinarias y equipos. Es decir, conformar una estructura industrial integrada y abierta, con una ancha base de producción primaria.
La crisis mundial de 1930 puso fin, definitivamente, al modelo agroexportador, y desde entonces hasta la actualidad no hemos logrado generar el necesario consenso mayoritario acerca de la estructura productiva necesaria y posible. Antes bien, los cambios actuales en el orden mundial y el dinamismo de la soja y otros productos del agro han reavivado la ilusión de un nuevo próspero futuro como “granero del mundo”, que, con la agregación de valor para producir alimentos, podría ser la “góndola del mundo”. La góndola es un avance importante sobre el granero, pero tampoco alcanza. Toda la cadena agroalimentaria emplea como máximo 1/3 de la fuerza de trabajo y es, por sí sola, incapaz de incorporar la ciencia y la tecnología en todo el tejido productivo y social del país, que es la base fundamental del desarrollo en la Argentina y el resto del mundo.
El actual debate sobre la soja, en todas sus dimensiones económicas, sociales y ambientales, requiere ser colocado en el contexto del desarrollo del país y su inserción internacional. Porque el campo no es un apéndice del mercado mundial sino un sector fundamental de la economía nacional. Sin embargo, algunas opiniones, surgidas del ruralismo, levantan su voz por la injerencia del Estado en la transferencia de los precios internacionales a los precios internos argentinos.
De allí, por ejemplo, que las retenciones se interpreten como la confiscación de un ingreso perteneciente al productor. Se escucha, a veces, la protesta que dice que, de tres camiones cargados con soja, uno lo confisca el Estado. O, desde una postura más benévola, destacar el esfuerzo especial que está haciendo el campo para financiar al Estado y sus programas sociales. Ni una cosa ni la otra son ciertas si no se las refiere al tipo de cambio al cual se aplican las retenciones. Porque en la década del ’90 y en otros momentos, no había retenciones sobre tipos de cambio sobrevaluados que sacrificaron, simultáneamente, al campo y la producción de manufacturas industriales, endeudaron y empobrecieron al país hasta llevarlo a la crisis terminal del 2001/02.
No hay evidencias de que las retenciones hayan frenado el crecimiento del campo en el transcurso de esta década. No es concebible ese crecimiento, entre los más altos del agro mundial, sin condiciones positivas de rentabilidad ni que la eliminación de las retenciones (inconcebible sin una fuerte apreciación del tipo de cambio), aumentaría la inversión en vez de desviar fondos excedentes a otros fines.
En realidad, las retenciones no son un impuesto especial aplicado a la soja y a otros productos primarios. Son la diferencia entre los tipos de cambio necesarios para otorgarle competitividad a toda la producción de bienes sujetos a la concurrencia internacional. Porque en la Argentina, como en el resto del mundo, los precios relativos internos son distintos de los internacionales, y es por eso que todos los países con políticas funcionales al interés nacional se administra, con una multiplicidad de instrumentos, el impacto de los precios internacionales sobre los internos. Las retenciones son apenas uno de esos instrumentos y no pueden tratarse desvinculadas del tipo de cambio de referencia.
Las retenciones, aparte de su función esencial de expresar la brecha entre los tipos de cambio necesarios para la competitividad de los diversos sectores de la producción interna sujeta a la concurrencia internacional, cumplen otras dos funciones. Por un lado, sin ser estrictamente un impuesto, generan un ingreso fiscal que debe asignarse conforme las reglas constitucionales.
Segundo, atendiendo a que la producción exportable incluye bienes que forman parte de la demanda y cadenas de valor internas, desacoplar los precios internos de los internacionales. Son dos objetivos importantes a los cuales se reduce la justificación oficial de las retenciones y, también, la crítica ruralista que considera injusto poner sobre los hombros del campo semejante carga. Al no incluir la explicación de las retenciones como un instrumento esencial para la transformación y el desarrollo de la economía argentina, el debate sigue encerrado en los contenidos distributivos de la cuestión.
Sea como fuere, la soja es protagonista principal en el actual debate sobre la situación del país y su futuro. Ese debate no debe perder de vista el lugar de la soja y del campo desde la perspectiva del desarrollo de toda la economía argentina y sus regiones. Estos temas fundamentales seguramente serán objeto de debate y, esperemos, de acuerdo, en el programa puesto en marcha por el ministerio del ramo para trazar un plan agroalimentario de vasto alcance, con la cooperación de universidades y los sectores sociales vinculados al agro.

“El problema es la evasión”

El discurso de la Presidenta en la Bolsa de Comercio de Rosario subrayó las ventajas de la Pampa Húmeda y lo poco que paga el sector alimentos por Impuesto a las Ganancias.

Por Raúl Dellatorre

Los representantes del comercio de granos que acudieron ayer al festejo del cumpleaños 126 de la Bolsa de Comercio de Rosario esperaban escuchar anuncios en favor de las exportaciones agrícolas, en particular referidos a las retenciones. Sin embargo, Cristina Fernández de Kirchner no respondió a esas expectativas, sino que trazó un cuadro detallado y meticuloso de los beneficios que reciben del resto de la sociedad y del Estado los productores y exportadores de granos de la Pampa Húmeda. La presidenta de la Nación refutó, además, la propuesta de imputar al Impuesto a las Ganancias lo que se paga por retenciones. “El problema no es la estructura impositiva, el problema es la evasión”, acusó, apoyada en datos sectoriales sobre la relación entre ventas e impuestos pagados. Comparación en la que el sector agroindustrial quedó, groseramente, en off side.
Cristian Amuchástegui, presidente de la Bolsa rosarina y anfitrión, siguió el discurso de Cristina con rostro tenso, como la gran mayoría de los asistentes. Acompañó con gestos amables y comprensivos los reproches iniciales, pero su expresión y la de los suyos cambió de repente. Cristina comentó, sobre las cifras de ventas declaradas por la industria de la alimentación, “supongo que son reales, porque nadie vende en negro”. El comentario fue recibido con sonrisas de la platea. La oradora cortó en seco el gesto pretendidamente cómplice: “No deberían reírse, en Estados Unidos por una cosa así irían presos”. A partir de allí, hizo una documentada reflexión acerca del extrañamente bajo nivel de tributación de sectores clave, principalmente el de los empresarios presentes.
“El sector de la alimentación facturó 147.569 millones de pesos, aportó por derechos de exportación (retenciones) 17.500 millones de pesos, pero por Impuesto a las Ganancias tan sólo 2200 millones”, detalló. “Me llamó la atención, así que pedí la apertura entre las ventas destinadas al mercado interno y externo; por las que van al mercado externo, además de las retenciones, se pagan ganancias por 1900 millones; es decir, sobre las ventas de alimentos al mercado interno apenas se pagan 300 millones de Impuesto a las Ganancias”. “Pagan más derechos de exportación porque tienen una sola salida, la Aduana, que los controla”, remató.
No se detuvo ahí. Comparó esas cifras con las de otros sectores. El sector Combustibles e Hidrocarburos, apuntó, factura “la mitad” que Alimentación pero paga “más del doble” de Impuesto a las Ganancias, “cinco mil millones de pesos contra 2200 millones”. El sector bancario, “con un sueldo promedio que más que duplica al de la alimentación, 10.000 pesos contra 4000 mensuales”, también tributó el año pasado casi el doble que alimentación: 4000 millones de pesos. “Quiero discutir con todos los sectores, pero sin esconder nada bajo la alfombra”, disparó en medio de una andanada de cifras y comparaciones.
Los presentes ya iban comprendiendo que las medidas esperadas no serían la noticia de la noche, cuando Cristina definió que las retenciones “no son un instrumento de ingreso fiscal, sino una herramienta de la política económica en favor de agregar valor a nuestros productos”. Recordó que no sólo las exportaciones agrícolas pagan retenciones, y ni siquiera son las que más pagan. Explicó que la producción agrícola argentina es “la más competitiva del mundo”, repasó todas las políticas de Estado y subsidios con las que se beneficia al sector y reclamó comprensión para las retenciones que reducen el dólar neto que recibe el agro, en favor de otros sectores “menos competitivos” para que puedan seguir produciendo.
La caracterización de la Presidenta sobre la situación del comercio mundial tampoco fue la que hubieran trazado los empresarios presentes. Cristina señaló que la irrupción en el mercado mundial de China e India “cambió el signo de los términos de intercambio” en favor del precio de los productos primarios. “Es una oportunidad inédita, pero no para exportar más de lo mismo sino para agregar valor, agregar tecnología y trabajo a nuestros productos. No la desaprovechemos, no perdamos el tren porque puede ser la última vez que pase por la estación”, concluyó. La Bolsa celebró su cumple, pero la fiesta ya no fue la misma.